ASILAH

Tierra de luz y de mar
Que invades mi corazón
Dando templanza y calor
En sus descarnadas grietas.

Gentes afables, cercanas,
Hospitalarias con el extranjero,
Pero regidas por creencias y religiones
Que no comparto ni entiendo.

Mujeres mutiladas
Bajo control exhaustivo,
Buscan en submundos
Complicidad y abrigo.

Tierra rica en frutos,
Hortalizas de colores,
Incrustados en desnudas paredes,
Del mercado los olores.

Desorden armonioso,
Oficios olvidados en el norte,
Camaradería, beneficio mutuo,
Comerciantes, artistas,
Espirituales, nobles,
Se mezclan con regateos,
Farsantes, pícaros y pobres.

La esencia de la humanidad
Sin esconder sus miserias,
Alabando sus bienes,
Enseñando sus temores.

Naturaleza salvaje
Riqueza olvidada,
Menospreciada,
Marginada,
Playas salvajes que invitan
Al alma,
a reconciliarse con la vida.

Luz,
luz del sol,
Luz de vida,
Luz en el ocaso,
imposible acotar
Con ninguna palabra.

Mar de olas,
Mar salvaje,
Mar asesino de sueños,
Mar cementerio indigno.

El mar me invitó
Aquel día,
Imposible eludir
La cita.

Anuncios

CON TODOS LO SENTIDOS

(Pequeñas reflexiones de un día alrededor de las espectaculares lagunas de Ruidera, hermosas, claras y nobles, por expresa petición y con su permiso de ANNA, a quien ahora pertenece)

Haciendo enormes esfuerzos para elevar los párpados, consigue pasar de la oscuridad interior a esa tibia claridad que despunta el alba, ¡otra gélida mañana de invierno!

Odia cada vez más el frío, le duelen los huesos, le encogen los músculos y le causan desazón, soledad y abandono.

Cuenta hasta tres para salir del cobijo del viejo edredón, y siente como puñales como la temperatura de la oscura habitación, atacan cada centímetro de su piel.

La ducha, única salvación. El agua caliente entona de nuevo su cuerpo y su espíritu; el agua, el agua, el agua siempre, tiene la propiedad de descargar la tensión en todos los sentidos; Sentidos dormidos, algunos clausurados, prohibidos, sentidos ausentes en un cuerpo dolorido.

La toalla seca y la ropa con olor a primavera artificial, ayudan a encarar un nuevo día tras un respirar profundo. El café su gran aliado, activa, desvanece la pereza, y pone la distancia con pensamientos esquivos.

Coge su olvidada bicicleta, compañera de mil y un caminos, está congelada, menos cinco bajo cero, la introduce en el coche, sus manos son dos témpanos. Odia el frío, odia el frío.

Carretera y más carretera, siempre relaja el espíritu, músicas desconocidas le invitan en su pensamiento, a mirar con distancia y a acercarse a lo vivido.

La velocidad va dejando árboles, cielos y asfaltos blanquecinos, para tornarse más claros, amables y cercanos; viaja hacia el Sur, la meseta manchega, se muestra como un mar calmado, llana, inmensa, pacífica.

Encontrarse con su amiga, le da un paz infinita, no hacen faltas palabras, nota como sus músculos se relajan, la compañía más preciada es la de un amigo con los silencios compartidos y las risas espontáneas.

La temperatura anima a pedalear sin pausa, saboreando la brisa que en la cara, fresca, limpia, va barriendo pensamientos y hace bajar al presente, al momento preciso, al segundo inmediato, a cada bocanada de aire.

La mirada se pierde entre árboles altivos, que desafían siempre a la muerte, desnudos en el invierno, guardan la savia para explotar de vida en las primaveras y si algún mal alguna vez les vence, al menos, al menos, los árboles mueren de pie, aferrados a sus raíces, sin doblegar su alma.

La velocidad de la bicicleta detiene, curiosamente sus trampas interiores, su laberintos imposibles y entonces, sólo entonces, los sentidos empiezan a recuperarse.

Sus ojos se empapan de millones de colores, de azules como zafiros, como aguamarinas claras, como las turmalinas, los comunes topacios o la glamourosa turquesa, azules en los cielos, en las cristalinas aguas, en algún insecto loco que reta valiente al frío y lo lleva tatuado en sus alas.

Pasear con el movimiento monótono de velocípedo, con ritmo sosegado, sin prisa, sin meta, sin causa, imprime al alma un sosiego sumamente apreciado, después de tantas batallas.

Tiempo de vino y de miel, como diría ella, tiempos fáciles, tiempo de agradecer a la vida su cara más amable.

Parada para comer unas viandas cargadas de amor y cariño que alimentan más que cualquier manjar exquisito en un restaurante de moda. El suelo como el mejor asiento, le gusta sentarse en la tierra, sobre hierbas, sobre piedras, se siente hija de esta alfombra.

A la orilla de la laguna, su mirada se pierde en el infinito, en sus verdes aguas profundas, colores aceitunados, cetrinos y esmeraldas;¡cuantos matices esconden tus aguas!, ¡quien fuera sabio para interpretarlas! comprenderlas e incorporar a la vida, cada trasfondo, cada recoveco, cada reflejo de los árboles, del cielo, de las montañas, como ya lo hizo en su día el sabio Unamuno, con su Niebla.

Le gusta esta laguna, que a pesar de su profundidad, no esconde nada, el fondo es nítido, luminoso, brillante, límpido, cristalino, amable.

Se imagina sumergiéndose, dar un salto y evadirse, redimirse, sentirse liberada, abrir cada sentido de nuevo, como cuando era niña, como cuando un nudo en la garganta le hacia sentir emocionada con tanta belleza, donde sus ojos brillantes se lavaban con vida nueva, donde no había claroscuros, donde todo se esperaba, con el corazón abierto de en par en par, no se tenía miedo, no había precauciones, corazón virgen de sufrimiento, tan inocente, se creía con fuerza, desafiaba todo.

Pero los años han pasado y se aferró a la idea, de que a pesar de los pesares, lleva algo de esa niña dentro, sigue esperando, sigue desafiante, aunque ya conozce los riscos hirientes, lame sus cicatrices. Y no deja de lanzarse, sumergirse; zambullidas, no tan espontáneas, tan ligeras, tan libres, pero sí más llenas de fondo, de profundidad, de agradecimiento.

El viento le trae aromas del pasado, de sueños, de juegos, de ilusiones, de pasiones, de amores, de ausencias, cada olor tiene un matiz diferente, a Romero, al intenso tomillo, a hierbabuena, a las jaras, a la tierra mojada, al perfume de su cuerpo.

Los sonidos de los pájaros, conciertos sublimes de ancestrales maestros, que no cesan en poner banda sonora a nuestra cadencia de tiempo, Le invaden con sus sonidos, la música de la vida es la gran olvidada, pero sin ella el cerebro no sabría como acomodar los recuerdos. Oye al viento, oye el tintinear del agua, y se oye respirar, cuando lo hace toma consciencia de su existencia, de que por mucho que viaje la mente, está aquí, haciendo eso tan sólo, respirando, desde que nacemos, suceda lo que nos suceda, sólo hay una constante el sonido de cada respiración.
¡Que lujo respirar! y cuantas formas distintas de hacerlo, aquí ahora lo hace profunda, consciente, plena, toma la vida por un segundo y la devuelve al instante; devuelve a la naturaleza su riqueza y le agradece que se la preste una y otra vez, hasta ese día innombrable.

Toca el paisaje con sus manos, casi puede dibujarlo, moldearlo, siente la rugosidad de los árboles en las yemas, y siempre quiere abrazarlos, sentir piel con madera, le hace recargarse de una extraña energía, ancestral, misteriosa, de generaciones pasadas de personas, de animales extinguidos, del bisabuelo del propio árbol, siente en cada poro, como circula su savia, como respira, como se alimenta del sustrato del suelo, como al igual que ella respira, mantiene una perfecta comunión entre el suelo y el aire, catalizador de vida, así definiría a un árbol.

Los sabores de un momento se hallan mucho más allá del paladar, bajan por el esófago, suben hasta el cerebro, alimentan el alma, reúnen los cuatro anteriores sentidos y los transportan en un bonito envoltorio, es el papel de regalo y cuando arriban a su destino, se desenvuelve liberando el valioso bocado.

Es difícil separar los sentidos, porque todos están sabiamente entretejidos, fabuloso regalo, diseñado a medida de nuestro mundo, para que en pequeño podamos entender lo poco que somos, que la inmensidad que nos rodea no nos abrume. Nos limitan para protegernos de la poca capacidad que tenemos; hormigas, que digo, hormigas, apenas minúsculas células ante la inmensidad del cosmos.

Con todos los sentidos, intentado dar sentido a una existencia, sin saber que la existencia por sí sola, ya tiene sentido; desde el nacimiento, igual que cuando marchemos, también tendrá sentido, pasaremos a desaparecer como entes humanos y zambullirnos en la enorme energía de nuevo, origen del que partimos.

2015/01/img_5792.jpg

HE ARRASTRADO MIS HUESOS

He arrastrado mis huesos por este camino de tiempo.
Doloridos llegan del excesivo movimiento,
ajadas las manos de roer túneles invisibles,
piel curtida por el sol y el viento.

Todo merece la pena
cuando veo que he llegado.

Un último paso agónico
me enseña la luz que siempre perseguí…

¡Gracias cicerón en las tinieblas!

Gracias mi faro, mi bastón
Mi aliento…

(Texto corregido por Puri Martins)

TAN EQUIVOCADAS FUIMOS

¿Tan equivocadas estuvimos?
¿Estuvimos de veras, tan perdidas?
¿Cómo confundimos las señales?
¿Qué imantó de tal forma la brújula?

La certeza que creíamos sentir,
¿se desvaneció como nieve bajo la lluvia?
¿No quedó de veras nada
de aquellas pasiones desbocadas?

Curiosa la vida que quiso mostrarnos,
con dura lección nos obliga
por enfrentarnos a nuestros muros
perdimos la amistad y las risas.

Espero, no me doy por vencida,
que si de locos es retar al cosmos
para que derrumbes murallas,
loca estoy, huérfana y coja
esperando el día en que vuelvas, Amiga.

TORMENTA DE VERANO

El Sol es invadido por una cuadrilla de nubes grises. Espesas, cargadas de ira, le acosan, actúan por sorpresa, tornan descargando ante nuestros ojos miles de gotas de rabia.

Cuánto dolor guardaban esas tristes nubes, cuánta carga a sus espaldas, lloran y se desgarran, descarnando su piel a tiras, imposible paliar su dolor, relámpagos y rayos las atacan.

Y cuando parece que el final estaba cerca, que la muerte necia acabaría con ellas, el Sol se abre paso, las disgrega, las calma, las unge con su calor y se dispersan blancas, livianas, de algodón viajeras, para ver que el mundo también puede ser amable, cuando se abandonan las mochilas pesadas.

LABERINTO

Con temblorosos pasos inicio el camino,
la soledad absoluta me acerca al precipicio,
dudo un momento si abandono o avanzo,
pero antes de que yo decida,
el corazón ya se ha lanzado
y corre enloquecido ladera abajo.

Choco desorientada con paredes de barro,
con siluetas de letras que zancadillean mi paso,
caigo por toboganes de frases enloquecidas,
me atacan allí delante, la duda y la desidia.

En pantanosos terrenos se hunden mis zapatos,
hasta la cintura me tienen anclada en el barro.
¡Me duele hasta la garganta que grita enfurecida!
Porque dentro me queman y no encuentran salida.

La rima fácil,
me tienta y me adula,
me zafo de un golpe
con la hache muda.

Invoco al maldito Dédalo,
creador de laberintos,
por encerrar al minotauro
entre estrechos pasillos.

Que ni con ovillo de hilo,
Ariadna y Teseo,
lograrán engañarme,
ni dar muerte al deseo.

Las palabras entrelazadas,
danzando al ritmo
de esta frágil melodía,
lograrán encontrar salida
al complicado embrollo.

Cobijadas bajo alas
de cera y plumas,
como ya lo hizo Ícaro,
se elevarán por toscos muros
limítrofes de mis pensamientos,
para plasmar en un folio
la poesía que habita
en éste, en éste…
mi laberinto.

UNO MÁS SIEMPRE

Con los pies desnudos,
plantas ensangrentadas,
sin miedo de recorrer las sendas,
por más piedras y espinas
que allí encontrara.

Un paso, uno más siempre,
para no perder de vista
el camino que me sostiene.

Como única arma
el aire de mis pulmones,
la fuerza de mis manos,
mente soñadora y consciente,
el corazón alberga
todo el amor que puede,
nunca sabré si es suficiente.

SI EL VIENTO QUISIERA

La felicidad efímera
de una brisa fresca
en la sombra oscura
del tupido jardín,
nos salvará del fuego del Sol
y de nosotros mismos,
enmarañados en nuestras trampas
con formas imposibles,
en busca de tan sólo eso,
una brisa fresca que nos transporte
al olvido.

ARDEN LAS PALABRAS

No puedo escribir esta noche
arden las palabras en la mano
Se abren jirones en las yemas
dolor sordo anclado.

No puedo hablar esta noche
Mis labios están sellados
La boca que sabe sangre
Cuelga el cartel de cerrado.

No puedo con mis ojos
Son pesados los párpados
No quieren ver tan oscuros
Los caminos a su lado.

Siento, casi intuyo,
Un lejano latido
Sólo he de buscarlo
Para recuperar el ritmo.

Para que broten las letras,
Para cazar palabras,
Para qué abriendo los ojos vea,
La senda iluminada