LA ENTREVISTA

Acababa de llegar y las sensaciones no eran buenas, no se trataba sólo del normal nerviosismo ante una entrevista de trabajo, era algo más.

Quizá, el espacio, aquella inmensa sala, con frías paredes desnudas, marmoladas, altos techos, y una decoración excesivamente minimalista, donde los objetos no aportan nada, tan solo dibujan rectas líneas, espacios uniformes, sin emoción.

La secretaria que tenía enfrente iba vestida, con un blanco impoluto en su camisa, y con negro azabache, en su la estrecha falda; su aspecto era tan elegante, que a su lado se sentía cual indígena en el Palace; ¿en qué momento se le habría ocurrido llevar un aspecto tan informal? Pensó que aquellos ajustados vaqueros le darían un cierto carácter de seguridad.

Sonó un discreto timbre en la mesa de la elegante mujer, accionando un botón con sus inmaculadas manos, respondió con rapidez y eficacia, le dirigió una fría sonrisa y le invitó a pasar al despacho.

Esmerándose en mostrar la mayor calma posible, caminó con pasos lentos y firmes, aunque en su interior, los nervios acuciaban su estómago, haciendo que cogiera grandes bocanadas de aire al atravesar la enorme puerta.

Acercándose observó, la huesuda mano tendida, tanto, que temió hacerle daño si apretaba demasiado.

Tenía unos ojos penetrantes, ¿o lo era su mirada? Sentía como si le explorara cada centímetro de su cuerpo, un frío escalofrío le recorrió la espalda, era incómodo contestar a las rutinarias preguntas con semejante escrutinio.

Los nervios aparecían, sus contestaciones dejaban de ser lo fluidas y seguras como tenía previsto, pero lo más inquietante era que parecía divertirse con sus respuestas.

Los movimientos de sus manos, sus hombros parecían crecerse al ver como hacían mella sus inquisitivas palabras, sin darse cuenta, la conversación fue tomando distintos derroteros de lo que se espera de una entrevista laboral.

Las preguntas eran cada vez más personales y menos profesionales, su mirada se volvía felina, estaba cazando, estudiaba su presa, una presa que sentía que en cualquier momento sería atacada por la fiera.

Cuando se levantó del sillón, la incertidumbre se convirtió en temor, esto no podía estar pasando.

No lo iba a tolerar más, la indignación crecía mientras se acercaba lentamente con una sonrisa maliciosa y lasciva, ¿pero quién se creía que era? No se puede pisar así a las personas.

Su cuerpo se tensó en el sillón cuando por detrás posó la mano en su hombro.

Se levantó de súbito y se giró bruscamente, ¿pero a dónde quiere llegar? Su lenguaje era ahora totalmente subido de tono, una de sus manos, le rozaron distraídamente el culo.

Ésa fue la gota que colmó el vaso, se acabó, un paso hacia atrás y el tono de su voz lo dijo todo:

– Ustedes los jefes se creen con poder suficiente de arrasar con todo, sin entender que los demás también somos personas, ¿quien se cree qué es? Nunca me había pasado algo así, es una persona ruin y sucia, no quiero trabajar en su mierda de empresa, no quiero volver aquí, no quiero tener su presencia cerca, la dignidad de las personas no se paga con dinero, quédese con su trabajo, nunca pensé que pudiera hacerme sentir tan respetable estando ante una pobre y triste señora como usted, váyase al infierno.

Ni siquiera cerró la puerta al marcharse, por fin se sintió seguro.

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ENTRE COPAS

La vieja gloria que le acompañó en un pasado lejano le había desterrado para siempre de su paraíso, ahora se hallaba sumergido, entre copas, intentando ahogar la triste decadencia que embargaba su alma.

Cada noche repetía la misma rutina, arrastraba sus piernas hasta el bar de la esquina, y trago tras trago intentaba borrar de la memoria ese fatídico momento, donde la inconsciencia temeraria de su juventud le llevó a recorrer frenéticamente las calles con su bólido aquella fría madrugada.

Tras una larga noche, de amargos tragos que anulan la voluntad y adormecen los pensamientos, regresa cojeando, exhausto a casa.

El día nublado y desapacible invitaba a cerrar las cortinas, en la penumbra de su habitación, con el ruido amortiguado de la vida en las calles, desnudó sus pies, postrandose sobre su mullido lecho, sintió el desplome de sus huesos. Un pequeño suspiro se escapó de su boca, de la comisura de sus labios se dibujó una suave sonrisa, cerró sus ojos y llenando profundamente de aire sus pulmones, se dejó llevar por el dulce recuerdo de otros tiempos.

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LA MAÑANA ESTABA SIENDO DURA

La mañana estaba siendo dura, llovía con fuerza y el viento hacía balancear el paraguas en su gélida mano, ya que la temperatura de ese frío diciembre no quería pasar del los cinco grados, aunque lo peor era el sueño atrasado que tenía, otra vez se quedó chateando por el facebook con su amiga, hasta altas horas de la noche.

Al entrar al hospital, el calor la reconfortó de inmediato y sin pensarlo dos veces se dirigió hacia la cafetería. Una buena dosis de cafeína le harían sentirse como nueva, iba tan apresurada al entrar que se dio de bruces con ese chico guapo de mantenimiento que tanto la atraía, con quien de vez en cuando intercambiaba miradas y sonrisas nerviosas.

-Uy, perdona ha sido culpa mía, iba distraído- le dijo mientras la sujetaba de los codos para que no resbalará.

Toda sonrojada le contestó rápidamente que la culpa había sido suya. No se puede trasnochar entre diario, que el cuerpo a ciertas edades ya no se recupera, cada vez de forma más trabada y nerviosa, dándole una serie de explicaciones sin saber bien por qué lo hacía.

Con una gran sonrisa en la boca, conocedor de dónde venían esos nervios, le contestó mirándola fijamente a los ojos -Pues trasnochar parece que le sienta bien a tu cara, iluminas la cafetería-

No sabía dónde meterse ni qué decirle así que decidió acabar en aquel instante con un simple: -qué amable eres-

Avanzó a toda prisa hasta la barra, se tomó aquel café en menos de un minuto, tenía que llegar al laboratorio en breve, ya se había entretenido bastante.

Colgó su abrigo y su paraguas, lo cambió por la monotonía de su bata blanca, saludó con una sonrisa forzada a Elvira, jefa del departamento, y se sentó frente a las decenas de pequeños frasquitos contenedores de muestras bioquímicas de personas desconocidas. Pronto sabría cómo era su interior, de qué estaban hechas, y no precisamente en sentido figurado ni buscando ningún matiz espiritual, era sustancialmente su interior. La medicina elimina del todo el punto filosófico de las personas. Las cosas son lo que son, somos química, células, hormonas, fluidos, sales y minerales, de cuyo correcto equilibrio dependen nuestras emociones, estados de ánimo y en definitiva percepciones.

Con un gran suspiro inició el protocolo de análisis de cada muestra, intentó concentrarse en su trabajo y abstraerse de la adrenalina que todavía corría por sus venas. Casi lo consiguió durante media hora. Pero seguramente el cansancio, la poca aportación del café, y el calor que hacía en la sala, la hicieron entrar en un estado de dormitación.

Quizás por eso Elvira le encargó de forma enérgica, queriendo despertarla de su hibernación, que por favor acudiera al almacén de los dichosos tubitos y trajera unas cuantas bandejas, que empezaban a escasear.

Se levantó como un resorte, apurada porque pensó que Elvira la había calado y notaba que no estaba en lo que debía, así que se apresuró para realizar rápidamente el encargo. Algo de aire fresco le ayudaría a centrarse de nuevo.

El almacén se encontraba dos plantas más arriba, decidió coger a la carrera el ascensor que en ese momento cerraba sus puertas. Una mano paró el movimiento, las puertas volvieron a abrirse y al entrar comprobó que quien las había sujetado era Manolo Gutiérrez, neurocirujano, marido de su amiga Paquita. En cuanto se cerraron y se supieron solos, se cogieron de las manos y se pusieron a bailar ese último paso del chachachá que habían aprendido la noche anterior en las clases de baile de salón a las que acudían con un grupo de amigos y parejas. La divertida escena acabó en cuanto se abrieron de nuevo las puertas. Se despidieron con una sonrisa, alegres como dos niños furtivos que acababan de hacer algo prohibido.

Su ánimo había cambiado, seguramente la cafeína iba llegando a sus venas, el bailecito en el ascensor le hizo ver la vida más entonada. Se dirigió hacia el almacén al final del largo pasillo y abrió su pesada puerta con una opaca ventana de ojo de buey.

A pesar de su estatura, tuvo que elongarse para alcanzar las planchas que contenían los herméticos frascos que estaban en un alto estante, y para no tener que hacer más viajes, apiló tres de esas planchas, como una gran torre, en sus fuertes brazos.

Salió con sumo cuidado y paso lento para no desequilibrar la torre, cuando de pronto, sin saber bien qué pasaba pues con la altura del paquete a penas veía al frente, notó cómo se desequilibraba al tropezar con algo y cómo todo su castillo se derrumbaba, esparciéndose sin remedio por aquel interminable pasillo hospitalario.

No podía creerlo, estaba, todo lo larga que era, tirada en aquel frío suelo, llena de pequeños tubitos destrozados por todos lados. Qué angustia y rabia sentía. Cuando se incorporó de golpe y se giró para ver con qué había tropezado, se quedó totalmente paralizada, no podía creerlo.

Tan solo se veían unas piernas que sobresalían de la máquina de refrescos. Comprendió, apurada, que había pisado a esa persona de lleno, por eso había caído. Las cosas no podían irle peor en un momento.

Pero cuál fue su sorpresa cuando aquel hombre se incorporó y dejó ver su rostro. Otra vez él, su chico de mantenimiento favorito, el de las miradas furtivas y risas nerviosas. Su estómago le bailaba como un flan, sintió ruborizarse de nuevo sin poderlo remediar.

-Vaya parece que el destino nos hace chocar como dos trenes una y otra vez,- le soltó de pronto, -pero creo que esta vez la hemos liado de veras, mira el suelo.-

Verdaderamente la catástrofe era evidente, debía recoger todo deprisa, tirarlo a la basura y coger nuevos frasquitos. Se agachó y empezó a recogerlos sin decir palabra, al tiempo que él hacía lo mismo por otro lado. Le dieron ganas de decirle que lo dejara, pero la verdad es que la ayuda le venía de maravilla, por lo que así, en silencio, fueron recogiendo y echando en una gran bolsa de basura, que él sacó de un bolsillo, todos los escombros de la gran torre recién fabricada.

La acompañó hasta el contenedor que había en el almacén para deshacerse de las pruebas de su delito, se sonrieron tímidamente.

La verdad es que nunca habían estado tan cerca el uno del otro, ya que el juego de miradas siempre había sido a una distancia prudencial, limitando bastante el riesgo. Ahora se encontraba tan cerca que por primera vez pudo discernir el color de aquellos dos ojos que la miraban con cierta calidez, eran de un verde brillante, más apagados que los suyos pero más penetrantes sin duda, los nervios volvieron aflorar en su estómago.

No sabía bien cómo manejar aquella situación, así que se apresuró a estirarse de nuevo hacia el alto estante donde reposaban más planchas de frasquitos, con lo que la altura de su bata destapó sus largas piernas, acción que no pasó desapercibida para ninguno de los dos, él porque tenía aquellos dos destellantes ojos verdes clavados en ella, que por su parte había girado la vista con la esperanza de que él no la estuviera mirando.

La atracción era evidente, más cuando él se acercó estirando el brazo muy cerca de ella para ayudarla. Sus respiraciones se mezclaron, la bandeja no pudo ser asida, ya que al mirarse de nuevo a tal corta distancia, sin saber bien cómo, sus labios se acercaron y se besaron. Primero tímidamente, sintiendo ambos la calidez y la suavidad de los otros, después con fiereza. Dentro de la boca del otro, sus lenguas hablaban un silencioso dialogo, se entendían a cada paso.

Ella notó como su mano levantaba despacio su bata, aferrando uno de sus muslo con firmeza pero sin violencia. Tuvo la sensación de sentirse atrapada por una irresistible fuerza hacia su cuerpo; abrazó fuertemente su nuca pegando sus pechos que por el roce continuo la hacían perder el equilibrio teniendo que apoyar la espalda en la estantería.

El calor iba en aumento, cogió con fuerza sus caderas y la besó fuertemente en su cuello. Se deshacía, era su punto más vulnerable, no podía parar ya aquello. Empezó a desabrocharle el primer botón de la bata, sentía como debajo de los pantalones, la erección iba en aumento, se sintió reconfortada de excitarlo de aquel modo.

Cuando de pronto, en el fragor de aquel loco acercamiento oyó, primero de forma lejana, luego más enérgica y rotunda, aquella voz tan conocida de Elvira: -¡Pero Carmen! ¿Dónde tienes hoy la cabeza? Anda, levántate y trae del almacén más tubos-

ESA NAVIDAD

Subía atropelladamente por la estrecha escalera cargada de bolsas de todos los tamaños y formas, repletas de regalos, con la extraña sensación de haber olvidado algo.

Las dejó caer en el sofá, empezó a buscarse en los bolsillos del abrigo, en los pantalones, en el bolso, fue desprendiendose de cada prenda, hasta acabar completamente desnuda.

La sensación persistía, tocó sus brazos, sus piernas, su cara, nada, quizá bajo su piel, se concentró en su respiración cada vez más agitada por la confusión. Nada, no encontraba nada.

Cerró los ojos con fuerza y se concentró en sus pensamientos, ¿qué había olvidado? ¿Por qué esa desazón? Sentía una angustia en la boca del estómago que ascendía hacia su corazón.

¡Eso era, su corazón!

Lo oyó palpitar, lo notó trabajar, pero ésa, esa Navidad, lo dejó de sentir.

LA DIÁSPORA DE MARÍA

DIÁSPORA: que según el diccionario: es la dispersión, normalmente de grandes núcleos de población que tienen que emigrar o salir de su país de origen, por ejemplo la diáspora judía.

Yo le he querido dar otro tono, y se la he dedicado a mi tía, mi segunda madre, enferma de Alzheimer ahora.

LA DIÁSPORA DE MARÍA

Despuntaba el alba cuando abrió lentamente los ojos, llevaba ya años, durmiendo muy pocas horas, pero eso ahora carecía de importancia, para ella aquella mañana era como la primera de su vida, miraba asombrada el tibio haz de luz que entraba por la ventana, miraba con fijeza la ventana misma, observaba la forma sinuosa de las viejas y descoloridas cortinas, se dio cuenta que no estaba sola, pegada a su cama, yacía a su lado otra persona.

Se incorporó en un intento de averiguar quién era, pero no conseguía distinguir su rostro y sintió un miedo incontrolable.

Se aferró fuertemente a las sábanas en fútil intento de protegerse, aquel bulto oscuro comenzó a moverse y cuando se percató de que ella estaba despierta se incorporó tan velozmente que hizo que ella dejará escapar un pequeño grito.

-Pero qué haces ya despierta, mi vida, si ni siquiera ha salido aún el sol-
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué la llamaba mi vida? ¿Qué hacía en su habitación? Sentía que el pánico la invadía y no pudo más que ponerse a gritar desgarrándose la garganta. -Policía, policía, por dios que alguien me ayude, que alguien me ayude, no conozco a este hombre, por favor…-

Él conteniendo los nervios y el nudo que tenía en la garganta, trató de apaciguarla, -María tranquila, soy yo Miguel, tu marido, Miguel, no voy a hacerte daño, sólo quiero ayudarte-,
-¿Ayudarme? Sí necesito ayuda, ¡un hombre Miguel! Había un hombre, yo no sé quién era. Estaba aquí, aquí mismo, ¿Miguel eres mi marido?-

-Pues claro mujer, tan solo llevamos cincuenta años casados, creo que me he ganado ese título-

-¿Cincuenta? ¿Llevamos casados tanto tiempo? Pues sabes, ya no me acordaba.
Hizo sonreír a Miguel, de forma agridulce pero al menos sonreír, ahora ya parecía más calmada.

La acompañó al baño y la obligó a que orinara, hasta eso se olvidaba ya, le preparó una manzanilla calentita y esperó junto a su cama dándole la mano hasta que volvió de nuevo el sueño.

Cuando estuvo seguro de que ya dormía, se recostó pesadamente sobre su almohada, debía aprovechar aquellos minutos de paz antes de que volviera a despertar.

Intentó conciliar el sueño, pero le fue imposible, los sentimientos le aplastaban el pecho, tantos recuerdos a su lado, el amor de su vida, madre de sus cuatro hijos, luchadora incansable, la alegría de los que la rodeaban, la mano siempre a punto para el necesitado, su amiga, su confidente, su amante, su protectora y guardiana, su mejor pareja de baile…

Cincuenta años juntos que se desvanecían, bajo las sábanas, que se escurrían por las chirriantes puertas, que emprendían vuelo hacia el olvido tras las vidrieras de las ventanas.

Qué crueldad tan grande tenía guardada para ellos el destino, quienes sólo sabían vivir en pareja cual cisnes enamorados, que cuando falta uno el otro muere de pena.

Divagaba por su mente acercando al presente viejos momentos, cuando todos se concentraron en uno sólo, cogió la pluma y escribió esto:

En la manida memoria se agolpaban los recuerdos,
retrocede a saltos por su vida,
en la distancia serena
que le devuelve el tiempo.

Cuando sus sienes plateadas
saboreaban un dulce sosiego,
quiso el destino llevarla,
llevarla lejos, muy lejos.

De su cabeza volaron,
cual diáspora cruel los recuerdos,
y ahora andan vagando por su cuenta,
solitarios todos ellos.

De vez en cuando la visitan
y la encienden un momento,
efímera llama que al extinguirse
apaga su mundo de nuevo.

¿Dónde marcharon todos?
¿Dónde se esconden ellos?
¿Por qué miro y nada veo?

¿Dónde estará aquella niña?
¿Dónde el amor, dónde la vida?
No sé ni dónde me encuentro,
¿quién me ha robado los sueños?

Con la mirada perdida
Se desvanece su imagen,
Si nos quitan los recuerdos
No somos nada, ni nadie,

tan solo el aire…

RENACER AL ALBA

Se dejó caer sobre la triste silla situada frente al desguazado espejo, con mirada esquiva observaba su reflejo, de nuevo caía la oscuridad en la alcoba, la obligada transformación emprendía el ritual una vez más.

Encendió la pequeña lámpara del aparador y su huesuda mano dibujó sobre sus grandes ojos una perfecta línea de rímel, continuó resaltando sus pestañas, y sus párpados con tenues sombras.

Base de color en sus mejillas, rojo intenso en los carnosos labios, y un último retoque con las pinzas en sus delgadas cejas.

Uñas cuidadas con caras porcelanas, en los lóbulos de las orejas elegantes aros, en el cuello la dorada gargantilla y…,

Allí estaba de nuevo, exuberante, hermosa, radiante, cual crisálida recién estrenada en la última primavera.

Perfume con olor a jacintos acariciaron su cuello, abandonó su albornoz en la falda de la cama y sentada deslizó con suavidad las medias negras sobre sus largas piernas.

Vestido rojo, de exiguo tejido elástico, ceñía sus caderas, en sus pies tacones altos que repiqueteaban por el pasillo cual triste melodía.

Tras una larga bocanada, cigarrillo entre los dedos, brazos cruzados y mirada distraída tras la ventana su mente dibujaba en el horizonte, sueños de grandeza pasada.

El reloj dio las once, y cual bofetada en la cara, la devolvió a la realidad de un plumazo. Sobre los hombros se plantó el elegante abrigo de pieles muertas, dejando tras de sí, su pequeño refugio.

Avanzó hacia el ascensor y comprobó si en su bolso llevaba suficiente dinero para el taxi que la transportaría hasta el lujoso hotel.

La esperaban risas falsas, conversaciones lascivas con fuerte olor a alcohol, manos grasientas y sudorosas, recorrerán su cuerpo, besarán sus labios y como depravadoras alimañas aplacarán sus ansias fundiendo la desesperación de sus propias existencias.

Pero ésa no es ella, su espíritu vuela, su cuerpo se convierte en caja vacía, muñeca sin sentimientos, que se mueve mecánicamente, no se entregará nunca a los lobos, su esencia permanecerá intacta.

Cuando camine por las calles, poco antes de que despunte el alba, buscará que cada beso, cada falsa caricia e inmundicias prestadas, queden totalmente borradas, cuando hasta su piel lleguen los primeros haces, del sol de la mañana.

ZAPATOS ROJOS Y DE TACÓN

Agazapado bajo una manta en el viejo sillón del salón dormitaba Mario, su madre se acercaba por el pasillo desde la cocina para despedirse de él,
-Mario, hijo, te encuentras algo mejor ya?, te ha hecho efecto el paracetamol?-

-Algo mejor, pero todavía me duele un montón la cabeza, creo que dormir un poco me sentará bien y podré recuperar las energías para las clases de la tarde-, exageraba el tono de voz porque por ningún motivo quería que le enviara aquella mañana al instituto, si percibía la más mínima mejoría.

-De acuerdo, quédate echado, no se te ocurra ponerte a jugar con el ordenador, cuanto más tranquilo estés mucho mejor, ¡duerme cariño!-

Su madre, comprensiva como siempre, se acercó a besarle en la frente, y aunque ya tenía casi quince años, no le molestaban aquellas demostraciones de afecto, siempre y cuando, ¡claro está!, no se hicieran en público.

Oyó como sus pasos se alejaban por el pasillo, y se paraban en el aparador, la imaginó retocándose frente al espejo antes de salir de casa, era ante todo muy coqueta, le gustaba lucir, verse guapa.

Esperó ansiosamente hasta que le llegaron los estridentes ruidos que los cerrojos provocaban cada vez que se deslizaban.

Ya desde el rellano de la escalera su madre le gritó las últimas consignas y tras decirle un adiós y un te quiero, cerró de un fuerte portazo, era la única manera de vencer aquella vieja puerta.

Esperó paciente hasta que el silencio dominó cada estancia de la vivienda, y cuando por fin estaba seguro de que ella no volvería a recoger nada olvidado, se atrevió a sacar los brazos de la manta y a incorporarse velozmente, con una agilidad que delataba su mentira.

Se sentía liberado, la emoción de estar solo en casa y desobedecer las reglas impuestas le producía una agradable sensación de fuerza y energía desbordante.

Con aquella reconfortante sensación disparaba pequeñas risas entrecortadas. Fue hasta el portátil de su habitación, busco rápidamente en Spotify, y eligió sin dudarlo el “I want to break free” de Queen, encendió los altavoces a máximo volumen y cantó con todas sus fuerzas el “quiero ser libre”.

Danzó a ritmo alocado por los pasillos, se deslizaba y gesticulaba como el mismísimo Fredy Mercury, movía con gracia caderas y hombros, acabó al fondo del pasillo en la habitación de sus padres y abrió de par en par su gran armario de madera tallada, apartó con la mano todas las perchas que pertenecían a su padre, que permanecían al lado derecho, y se centró en examinar uno por uno los vestidos de su madre.

Se decidió por ese elegante negro ceñido que a ella la realzaba tanto la silueta, que parecía una de esas esculturas africanas alargadas de ébano.

Se despojó de su triste pijama con ansiedad, y se embuchó en él, cerró con dificultad la larga cremallera que le abarcaba todo un costado.

Miró entre la montaña de zapatos que su madre tenía en la parte baja de aquel mismo armario, perfectamente organizada emparejados como piezas de puzzle, punta contra tacón.

Y allí los encontró, eran perfectos, zapatos de tacón y rojos, tan altos que parecía que las miserias del mundo, al subirse en ellos, quedaban encharcadas mientras él se elevaba.

Con todo el atuendo puesto se dirigió con pequeños tropiezos hasta la esquina donde un gran espejo se desplegaba desde el suelo.

Se contempló de arriba abajo, de frente, de lado, viendo cómo sus caderas y nalgas se marcaba desde atrás, se miraba cómo sus delgadas piernas quedaban estilizadas con aquellos altos tacones.

Se miró y remiró, y acabó mirándose a los ojos, vio la chispa que lucía en ellos, vio fugazmente la felicidad en su cara, y un nudo en la garganta le hizo respirar con dificultad, una lágrima brotó ingenua por su cara. Esa chica era él, ése era verdadero su yo, jamás comprendió por qué la naturaleza quiso jugar con él y lo envolvió bajo la piel de un hombre.

La música daba sus acordes finales pero la emoción le invadió y se hundió con las rodillas dobladas y las manos tapándole la cara, cuando el silencio invadía de nuevo la estancia se levantó lentamente y se acercó a respirar en la ventana. Suspiraba pesadamente cuando se percató que su padre estaba aparcando en la calle de enfrente.

Se le aceleró de nuevo el corazón, y se despojó velozmente del traje, lo colocó y se bajó de su púlpito particular de felicidad y colocó de nuevo los rojos zapatos tal y como los encontró.

Cerró la puerta del armario con un pie descalzo, y corrió por el pasillo, mientras se ponía de nuevo su pijama, cuando se oía de nuevo el descorrer de los cerrojos, con un deslizamiento final se lanzó de espaldas al sofá y se tapó justamente cuando su padre ya entraba por el pasillo y se acercaba directamente en su dirección.

Se hizo el dormido, le tocó la frente sudada, y pensó que la fiebre le estaba subiendo de nuevo…

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EL ESPEJO

La tranquilidad de la noche, comenzaba a perderse al despuntar el alba, el trasiego de viajeros empezaba a notarse en cada pasillo del andén y vestíbulo de la vieja estación central de cercanías.

Él ya estaba acostumbrado a oír lejanos ecos de conversaciones incompletas, risas espontáneas, llantos de niños, pequeños susurros de parejas enamoradas, gritos y hasta baile de navajas silbando en el aire.

Pero tan sólo le era posible imaginarse lo que ocurría más allá de sus dominios, historias rutinarias y escenas insólitas, que a través de sus sonidos le transportaban a otras vidas y otros mundos, pero sobre todo se hizo experto en oír pisadas.

Sentía las de aquel que, seguro por la vida, va pisando fuerte, las cortas y aceleradas del que siempre llega tarde, las suaves y lentas de aquella anciana, las gráciles y sutiles de la bailarina, parsimoniosas y calmadas las del escritor bohemio, las recién estrenadas torpes y livianas del pequeño mozalbete, las arrastradas y cansadas del pasota y del estudiante…

Pero sólo cuando esas personas entraban en su parcela comprendía la dimensión exacta de aquellas extrañas criaturas, cuando hasta él se acercaban y los miraba directamente a los ojos.

Casi siempre la primera en aparecer era Graciella, que entraba con todos sus aperos bien organizados en su carrito, bayetas y mopas, con rápidos movimientos, mil veces repetidos, daba pulcritud, luz y color a la sala dejando a su paso un dulce y artificial aroma a pinos.

Siempre había un minuto, donde tras un largo suspiro, las arrugas y el desdibujado brillo en los ojos delataban la nostalgia de su tierra y sus raíces al otro lado del Atlántico.

A continuación, idas y venidas constantes, goteo incesante de toda clase de mujeres, con ojos soñolientos testigos de su ajetreada noche. La mamá, sin un momento de respiro, cambia pañales. Su imagen queda reflejada, ni un segundo para observarse.

A su lado, una chiquitilla aparecía y desaparecía con pequeños saltos. En ese breve segundo en que quedaba suspendida, luz, alegría y energía explosionaba en cada centímetro.

Hasta él aparecían ojos enojados con la vida, miradas tímidas y esquivas, miradas escrutoras, enamoradas, envejecidas, miradas de pavor con duras manchas marcadas, ocultas tras oscuras lentes que allí se desnudaban.

Muecas, gestos, bostezos cuando se quedaban a solas; lenguas, dientes y narices atentamente se examinaban, últimos retoques en la ropa, un segundo para coger aire y volver a la carga.

Carmines y rímel, pendientes y horquillas, cabellos de seda, manos que se afanan con jabones y cremas en presentarse suaves cuando pronto caricias repartan.

Hasta allí llegaba aquella dulce chavala, que por no abrir bien los ojos su figura distorsionaba y aunque casi esquelética estaba, redondeces veía en cada pulgada.

Mujeres valientes, cuya mirada ocultaba grandes historias secretas, luchas constantes bajo sonrisas camufladas.

Tambaleándose aparece la vieja Lola, en su andrajoso carrito, todas sus pertenencias, la vida cargada en la espalda, mil y una arrugas en la cara y el alma, manos ajadas sujetan la botella del elixir de uva, se acurruca en una esquina, la noche ha caído, sus párpados se cierran, acabó su largo viaje, su mirada vuela…

La noche guarda silencio y el espejo hace guardia, pronto amanecerá de nuevo en la vieja estación de cercanías, todo parece en calma, pero impotente observa que Lola, no sólo duerme, sino que ya… no respira.

POR FIN LO SABÍA…

Una vez más el leve sonido de la llave en la cerradura resonaba en su cabeza. Por fin lo sabía, ahora sí.

La mañana era extrañamente gélida. Sentía un frío que le alcanzaba los huesos, y sin embargo su mente estaba clara, cristalina, despejada. La idea le brotó como brota un volcán empujando desde las entrañas hasta explosionar con violencia. Le llenaba de pavor, el vello de su nuca se erizaba y su cuerpo se tensaba, él estaba entrando.

Aquel infame animal que la exigía, cual esclava, actitud servil ante su amo, que la gritaba al menor error o torpeza, el que aplastaba con puño firme cada uno de sus sueños, si es que todavía le quedaban sueños, estaba entrando en casa.

Temblorosa se acercó a saludarle, él la ignoró y siguió caminado por el pasillo, nunca sabía cómo actuar, cualquier cosa podía ser motivo de reproche y actuar como un resorte liberando su ira. Le observaba a su espalda y la idea fija no dejaba de resonar en su cabeza.

Él, una vez más, tiró su abrigo encima del sofá. Ella tendría que recogerlo, cual perro a por su hueso, como si tuviera que agradecerle todavía que le diera una utilidad a su existencia.

-Ruin, eres ruin, indolente, manipulador, para ti soy solo basura, pero sin mí tú no eres nadie, me necesitas para creer que eres más hombre, que tienes poder, y lo único que eres, es un cobarde- pensaba, mientras lo veía acercarse al lavabo y afanarse en limpiarse una y otra vez las manos. Tiró violentamente de la camisa y los botones rodaron por el suelo, ella pensó que habría tenido un mal día, y se preparó. Inevitablemente sabía lo que ocurriría.

Salió goteando del baño, semidesnudo, con las botas resonando por todo el pasillo, siempre hacía notar que pisaba fuerte, que él mandaba allí, que aquel era su territorio. Cómo la enfermaba oír aquellos pasos.

Entró en la habitación y empezó a vaciar los cajones. Arrojó todo por el suelo. Arrancó la ropa de las perchas dejando todo esparcido.

-Hoy va a ser uno de esos días difíciles-, pensó, mientras recogía a sus pies una de las corbatas lanzadas a su antojo.

-Con esto, ¡eso es!, utilizaré esta corbata para estrangularle, le apretaré con todas mis fuerzas, y no le dejaré respirar hasta que se ponga azul, hasta que lentamente agonice y se ahogue cual pez fuera del agua-, su mente era un hervidero y no dejaba de darle vueltas a cada detalle.

-Debo actuar con precisión, un error y la muerta acabaría siendo yo, tengo que atacarle por la espalda, por sorpresa, donde no pueda reaccionar ni defenderse. ¡Oh Dios mío, tienes que darme fuerzas!

Él se dirigía hacia el salón con una vieja camiseta de los Lakers, ésa misma que muchas veces acabó teñida con su propia sangre tras las brutales palizas. Se sentó en su sillón favorito, y por un momento se quedó absorto, mirando al vacío. Ésta era su oportunidad, tenía que actuar con sigilo. Sus manos asían con fuerza la corbata. La hizo girar sobre sus dedos para tensar aquella prenda que le daría por fin la libertad, la paz, la vida en definitiva, aquella que había perdido no sabe cuántos años atrás.

Cada paso era un suplicio, los nervios le agarrotaban la boca del estómago y su respiración era un hilo de aire apenas perceptible. La fiera estaba tranquila, indefensa, no se esperaría nunca este ataque, la sorpresa sería su aliada.

Apenas un metro y lo tendría a su alcance. La expresión de su cara era de total determinación. En su cabeza resonaba una y otra vez: se lo merece, se lo merece, se lo merece.

Levantó lentamente los brazos alzando la corbata tensa. Respiro una gran bocanada de aire para coger fuerzas, y cuando estaba a punto de envolverle la cabeza con ella, él se giró hacia el teléfono, con lo que sus brazos quedaron paralizados y suspendidos en el aire. La respiración se contuvo y dudó. Décimas de segundo concentradas en no desfallecer, en aguantar un poco más… -En cuanto acabe de hablar, en cuanto acabe de hablar-, cerró los ojos y escuchó por primera vez la conversación que mantenía por teléfono:

-Sí, soy yo, soy su marido- contestaba a las preguntas del otro lado. Fue este mediodía, ¿cómo?, sí, la dejé allí mismo, tirada en el suelo de la cocina, se ha estado desangrando poco a poco, hace ya horas de esto. No tengo intención de moverme, aquí os espero.-

Su mente se sintió confusa, no entendía nada de la conversación. Se giró y se dirigió lentamente a la cocina. El miedo de su cara lo decía todo, el impacto fue brutal. Allí estaba tirada sobre un gran charco de sangre oscura y coagulada, sus ojos llenos de terror la miraban directamente, una vez más llegaba tarde…

texto corregido por: Puri Martins

CAMINO DE CIPRESES

La vida comenzaba en aquel preciso instante, al pie del camino, allí donde los cipreses dibujaban una perfecta línea recta, que al estar a ambos lados de la ancha calzada, dejaban que la luz del luminoso y caluroso verano, se colara tamizada, creando un ambiente de singular belleza y sensación mágica, que hacia que cada mañana recorriera con su vieja bicicleta el mismo camino, siempre de manera diferente durante los últimos dos años.

La vida comenzaba, justo cuando su rueda delantera rodaba por el primer ciprés de la fila, uno más de ellos, todos tan majestuosos, elegantes y esbeltos, altos y tupidos, que parecieran cual guardia real protegiendo el tesoro más preciado del reino.

La vida comenzaba, cuando al entrar en aquel mágico túnel, respiraba la primera bocanada de aire fresco, que gracias a la espesa sombra, refrescaba sus adentros, despejando su frente, iluminando su cara.

La mayoría de las personas circularía mirando el suelo, buscando el mejor trayecto, esquivando las piedras a su paso; él lo ignoraba, se dejaba impregnar por el mundo de las sensaciones, incluso a veces cerraba los ojos retando a los peligros, supongo que también son dos formas diferentes de estar en la vida.

Recorría cada metro con la alegría de un jovial adolescente, aquel que corría sin ton ni son, por cualquier ladera de las montañas, que saltaba de piedra a piedra ágil como una gacela, el que se quedaba embelesado con la caída del sol cada tarde y el que no tenía reparos en gritar en el centro de la plaza, un ¡TE QUIEROOOO!, después susurrarlo en su oído quedándose prendado de su mirada.

El largo camino de cipreses le permitía volar con sus recuerdos a la velocidad de su bicicleta, y saltaba de una imagen a otra, entre risas, besos y caricias, también hubo lágrimas y llantos, pero su optimista visión las obviaba.

Junto a su mano derecha llevaba siempre una rosa, cualquier otra flor desentonaría, pensaba que sólo ella representaba la vida plena, la bien vivida, tan llena de amor que traspasa cualquier barrera.

La vida no acaba al final del camino, y aunque los viejos cipreses ya no le envolvieran, al postrarse sereno frente a ella, dejó suavemente su rosa.

Una sonrisa se dibuja en su cara, un viejo brillo aparece en su mirada cada vez que allí regresa. La felicidad emana, porque él sabe que los seres queridos nunca se quedan en las tumbas, viajan dentro de nuestros recuerdos y se alojan en el alma.

De vuelta por el mágico camino de cipreses disfrutan ambos de la sombra.

Final del camino de cipreses