Ella y el mar

Nunca sabía muy bien por qué lo hacía, pero a la tarde, cuando se acababa ya el día y el Sol se conjugaba con el horizonte para fundirse, cansada de la dura jornada de oficina, con la cabeza anestesiada de tanta burocracia inútil, se dejaba caer por la rampa de arena que conducía a aquella solitaria cala.

Sus pasos eran ágiles, casi desesperados y llenos de angustia, no podía remediar ir quitándose a cada paso alguna prenda, sin parar de caminar, trotando podría decirse, una zapatilla, una media, desabrochaba su camisa, y poco a poco en su regazo amontonaba cada pieza.

A cada paso, cada vez más acelerado, iba descubriendo su desnudez y su piel, acercándose a la orilla; la ropa quedaba atrás en un montón olvidado, mientras que sus pies se detenían un segundo para sentir el primer beso de una ola.

Una sonrisa que brotaba directamente de su más temprana infancia le hacía emprender una alocada e incesante carrera, una carrera sin meta hacia delante, rodillas, caderas, y a la altura de su vientre, cuando ya no aguantaba más las ganas, una fuerte zambullida donde su cabeza se sumergía de nuevo en su gran amiga, el agua.

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