CON TODOS LO SENTIDOS

(Pequeñas reflexiones de un día alrededor de las espectaculares lagunas de Ruidera, hermosas, claras y nobles, por expresa petición y con su permiso de ANNA, a quien ahora pertenece)

Haciendo enormes esfuerzos para elevar los párpados, consigue pasar de la oscuridad interior a esa tibia claridad que despunta el alba, ¡otra gélida mañana de invierno!

Odia cada vez más el frío, le duelen los huesos, le encogen los músculos y le causan desazón, soledad y abandono.

Cuenta hasta tres para salir del cobijo del viejo edredón, y siente como puñales como la temperatura de la oscura habitación, atacan cada centímetro de su piel.

La ducha, única salvación. El agua caliente entona de nuevo su cuerpo y su espíritu; el agua, el agua, el agua siempre, tiene la propiedad de descargar la tensión en todos los sentidos; Sentidos dormidos, algunos clausurados, prohibidos, sentidos ausentes en un cuerpo dolorido.

La toalla seca y la ropa con olor a primavera artificial, ayudan a encarar un nuevo día tras un respirar profundo. El café su gran aliado, activa, desvanece la pereza, y pone la distancia con pensamientos esquivos.

Coge su olvidada bicicleta, compañera de mil y un caminos, está congelada, menos cinco bajo cero, la introduce en el coche, sus manos son dos témpanos. Odia el frío, odia el frío.

Carretera y más carretera, siempre relaja el espíritu, músicas desconocidas le invitan en su pensamiento, a mirar con distancia y a acercarse a lo vivido.

La velocidad va dejando árboles, cielos y asfaltos blanquecinos, para tornarse más claros, amables y cercanos; viaja hacia el Sur, la meseta manchega, se muestra como un mar calmado, llana, inmensa, pacífica.

Encontrarse con su amiga, le da un paz infinita, no hacen faltas palabras, nota como sus músculos se relajan, la compañía más preciada es la de un amigo con los silencios compartidos y las risas espontáneas.

La temperatura anima a pedalear sin pausa, saboreando la brisa que en la cara, fresca, limpia, va barriendo pensamientos y hace bajar al presente, al momento preciso, al segundo inmediato, a cada bocanada de aire.

La mirada se pierde entre árboles altivos, que desafían siempre a la muerte, desnudos en el invierno, guardan la savia para explotar de vida en las primaveras y si algún mal alguna vez les vence, al menos, al menos, los árboles mueren de pie, aferrados a sus raíces, sin doblegar su alma.

La velocidad de la bicicleta detiene, curiosamente sus trampas interiores, su laberintos imposibles y entonces, sólo entonces, los sentidos empiezan a recuperarse.

Sus ojos se empapan de millones de colores, de azules como zafiros, como aguamarinas claras, como las turmalinas, los comunes topacios o la glamourosa turquesa, azules en los cielos, en las cristalinas aguas, en algún insecto loco que reta valiente al frío y lo lleva tatuado en sus alas.

Pasear con el movimiento monótono de velocípedo, con ritmo sosegado, sin prisa, sin meta, sin causa, imprime al alma un sosiego sumamente apreciado, después de tantas batallas.

Tiempo de vino y de miel, como diría ella, tiempos fáciles, tiempo de agradecer a la vida su cara más amable.

Parada para comer unas viandas cargadas de amor y cariño que alimentan más que cualquier manjar exquisito en un restaurante de moda. El suelo como el mejor asiento, le gusta sentarse en la tierra, sobre hierbas, sobre piedras, se siente hija de esta alfombra.

A la orilla de la laguna, su mirada se pierde en el infinito, en sus verdes aguas profundas, colores aceitunados, cetrinos y esmeraldas;¡cuantos matices esconden tus aguas!, ¡quien fuera sabio para interpretarlas! comprenderlas e incorporar a la vida, cada trasfondo, cada recoveco, cada reflejo de los árboles, del cielo, de las montañas, como ya lo hizo en su día el sabio Unamuno, con su Niebla.

Le gusta esta laguna, que a pesar de su profundidad, no esconde nada, el fondo es nítido, luminoso, brillante, límpido, cristalino, amable.

Se imagina sumergiéndose, dar un salto y evadirse, redimirse, sentirse liberada, abrir cada sentido de nuevo, como cuando era niña, como cuando un nudo en la garganta le hacia sentir emocionada con tanta belleza, donde sus ojos brillantes se lavaban con vida nueva, donde no había claroscuros, donde todo se esperaba, con el corazón abierto de en par en par, no se tenía miedo, no había precauciones, corazón virgen de sufrimiento, tan inocente, se creía con fuerza, desafiaba todo.

Pero los años han pasado y se aferró a la idea, de que a pesar de los pesares, lleva algo de esa niña dentro, sigue esperando, sigue desafiante, aunque ya conozce los riscos hirientes, lame sus cicatrices. Y no deja de lanzarse, sumergirse; zambullidas, no tan espontáneas, tan ligeras, tan libres, pero sí más llenas de fondo, de profundidad, de agradecimiento.

El viento le trae aromas del pasado, de sueños, de juegos, de ilusiones, de pasiones, de amores, de ausencias, cada olor tiene un matiz diferente, a Romero, al intenso tomillo, a hierbabuena, a las jaras, a la tierra mojada, al perfume de su cuerpo.

Los sonidos de los pájaros, conciertos sublimes de ancestrales maestros, que no cesan en poner banda sonora a nuestra cadencia de tiempo, Le invaden con sus sonidos, la música de la vida es la gran olvidada, pero sin ella el cerebro no sabría como acomodar los recuerdos. Oye al viento, oye el tintinear del agua, y se oye respirar, cuando lo hace toma consciencia de su existencia, de que por mucho que viaje la mente, está aquí, haciendo eso tan sólo, respirando, desde que nacemos, suceda lo que nos suceda, sólo hay una constante el sonido de cada respiración.
¡Que lujo respirar! y cuantas formas distintas de hacerlo, aquí ahora lo hace profunda, consciente, plena, toma la vida por un segundo y la devuelve al instante; devuelve a la naturaleza su riqueza y le agradece que se la preste una y otra vez, hasta ese día innombrable.

Toca el paisaje con sus manos, casi puede dibujarlo, moldearlo, siente la rugosidad de los árboles en las yemas, y siempre quiere abrazarlos, sentir piel con madera, le hace recargarse de una extraña energía, ancestral, misteriosa, de generaciones pasadas de personas, de animales extinguidos, del bisabuelo del propio árbol, siente en cada poro, como circula su savia, como respira, como se alimenta del sustrato del suelo, como al igual que ella respira, mantiene una perfecta comunión entre el suelo y el aire, catalizador de vida, así definiría a un árbol.

Los sabores de un momento se hallan mucho más allá del paladar, bajan por el esófago, suben hasta el cerebro, alimentan el alma, reúnen los cuatro anteriores sentidos y los transportan en un bonito envoltorio, es el papel de regalo y cuando arriban a su destino, se desenvuelve liberando el valioso bocado.

Es difícil separar los sentidos, porque todos están sabiamente entretejidos, fabuloso regalo, diseñado a medida de nuestro mundo, para que en pequeño podamos entender lo poco que somos, que la inmensidad que nos rodea no nos abrume. Nos limitan para protegernos de la poca capacidad que tenemos; hormigas, que digo, hormigas, apenas minúsculas células ante la inmensidad del cosmos.

Con todos los sentidos, intentado dar sentido a una existencia, sin saber que la existencia por sí sola, ya tiene sentido; desde el nacimiento, igual que cuando marchemos, también tendrá sentido, pasaremos a desaparecer como entes humanos y zambullirnos en la enorme energía de nuevo, origen del que partimos.

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2 comentarios en “CON TODOS LO SENTIDOS

  1. Flamante descripción del paraje con imágenes brillantes y muy buen uso cromático, todo ellos viajando hacia el interior a través de los sentidos, espiritualizando el entorno.
    Yo que he tenido el privilegio de compartir esos momentos y emociones contigo, me siento muy agradecida por ponerles palabras de esa manera tan brillante.
    Un beso

    Le gusta a 1 persona

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