CON TODOS LO SENTIDOS

(Pequeñas reflexiones de un día alrededor de las espectaculares lagunas de Ruidera, hermosas, claras y nobles, por expresa petición y con su permiso de ANNA, a quien ahora pertenece)

Haciendo enormes esfuerzos para elevar los párpados, consigue pasar de la oscuridad interior a esa tibia claridad que despunta el alba, ¡otra gélida mañana de invierno!

Odia cada vez más el frío, le duelen los huesos, le encogen los músculos y le causan desazón, soledad y abandono.

Cuenta hasta tres para salir del cobijo del viejo edredón, y siente como puñales como la temperatura de la oscura habitación, atacan cada centímetro de su piel.

La ducha, única salvación. El agua caliente entona de nuevo su cuerpo y su espíritu; el agua, el agua, el agua siempre, tiene la propiedad de descargar la tensión en todos los sentidos; Sentidos dormidos, algunos clausurados, prohibidos, sentidos ausentes en un cuerpo dolorido.

La toalla seca y la ropa con olor a primavera artificial, ayudan a encarar un nuevo día tras un respirar profundo. El café su gran aliado, activa, desvanece la pereza, y pone la distancia con pensamientos esquivos.

Coge su olvidada bicicleta, compañera de mil y un caminos, está congelada, menos cinco bajo cero, la introduce en el coche, sus manos son dos témpanos. Odia el frío, odia el frío.

Carretera y más carretera, siempre relaja el espíritu, músicas desconocidas le invitan en su pensamiento, a mirar con distancia y a acercarse a lo vivido.

La velocidad va dejando árboles, cielos y asfaltos blanquecinos, para tornarse más claros, amables y cercanos; viaja hacia el Sur, la meseta manchega, se muestra como un mar calmado, llana, inmensa, pacífica.

Encontrarse con su amiga, le da un paz infinita, no hacen faltas palabras, nota como sus músculos se relajan, la compañía más preciada es la de un amigo con los silencios compartidos y las risas espontáneas.

La temperatura anima a pedalear sin pausa, saboreando la brisa que en la cara, fresca, limpia, va barriendo pensamientos y hace bajar al presente, al momento preciso, al segundo inmediato, a cada bocanada de aire.

La mirada se pierde entre árboles altivos, que desafían siempre a la muerte, desnudos en el invierno, guardan la savia para explotar de vida en las primaveras y si algún mal alguna vez les vence, al menos, al menos, los árboles mueren de pie, aferrados a sus raíces, sin doblegar su alma.

La velocidad de la bicicleta detiene, curiosamente sus trampas interiores, su laberintos imposibles y entonces, sólo entonces, los sentidos empiezan a recuperarse.

Sus ojos se empapan de millones de colores, de azules como zafiros, como aguamarinas claras, como las turmalinas, los comunes topacios o la glamourosa turquesa, azules en los cielos, en las cristalinas aguas, en algún insecto loco que reta valiente al frío y lo lleva tatuado en sus alas.

Pasear con el movimiento monótono de velocípedo, con ritmo sosegado, sin prisa, sin meta, sin causa, imprime al alma un sosiego sumamente apreciado, después de tantas batallas.

Tiempo de vino y de miel, como diría ella, tiempos fáciles, tiempo de agradecer a la vida su cara más amable.

Parada para comer unas viandas cargadas de amor y cariño que alimentan más que cualquier manjar exquisito en un restaurante de moda. El suelo como el mejor asiento, le gusta sentarse en la tierra, sobre hierbas, sobre piedras, se siente hija de esta alfombra.

A la orilla de la laguna, su mirada se pierde en el infinito, en sus verdes aguas profundas, colores aceitunados, cetrinos y esmeraldas;¡cuantos matices esconden tus aguas!, ¡quien fuera sabio para interpretarlas! comprenderlas e incorporar a la vida, cada trasfondo, cada recoveco, cada reflejo de los árboles, del cielo, de las montañas, como ya lo hizo en su día el sabio Unamuno, con su Niebla.

Le gusta esta laguna, que a pesar de su profundidad, no esconde nada, el fondo es nítido, luminoso, brillante, límpido, cristalino, amable.

Se imagina sumergiéndose, dar un salto y evadirse, redimirse, sentirse liberada, abrir cada sentido de nuevo, como cuando era niña, como cuando un nudo en la garganta le hacia sentir emocionada con tanta belleza, donde sus ojos brillantes se lavaban con vida nueva, donde no había claroscuros, donde todo se esperaba, con el corazón abierto de en par en par, no se tenía miedo, no había precauciones, corazón virgen de sufrimiento, tan inocente, se creía con fuerza, desafiaba todo.

Pero los años han pasado y se aferró a la idea, de que a pesar de los pesares, lleva algo de esa niña dentro, sigue esperando, sigue desafiante, aunque ya conozce los riscos hirientes, lame sus cicatrices. Y no deja de lanzarse, sumergirse; zambullidas, no tan espontáneas, tan ligeras, tan libres, pero sí más llenas de fondo, de profundidad, de agradecimiento.

El viento le trae aromas del pasado, de sueños, de juegos, de ilusiones, de pasiones, de amores, de ausencias, cada olor tiene un matiz diferente, a Romero, al intenso tomillo, a hierbabuena, a las jaras, a la tierra mojada, al perfume de su cuerpo.

Los sonidos de los pájaros, conciertos sublimes de ancestrales maestros, que no cesan en poner banda sonora a nuestra cadencia de tiempo, Le invaden con sus sonidos, la música de la vida es la gran olvidada, pero sin ella el cerebro no sabría como acomodar los recuerdos. Oye al viento, oye el tintinear del agua, y se oye respirar, cuando lo hace toma consciencia de su existencia, de que por mucho que viaje la mente, está aquí, haciendo eso tan sólo, respirando, desde que nacemos, suceda lo que nos suceda, sólo hay una constante el sonido de cada respiración.
¡Que lujo respirar! y cuantas formas distintas de hacerlo, aquí ahora lo hace profunda, consciente, plena, toma la vida por un segundo y la devuelve al instante; devuelve a la naturaleza su riqueza y le agradece que se la preste una y otra vez, hasta ese día innombrable.

Toca el paisaje con sus manos, casi puede dibujarlo, moldearlo, siente la rugosidad de los árboles en las yemas, y siempre quiere abrazarlos, sentir piel con madera, le hace recargarse de una extraña energía, ancestral, misteriosa, de generaciones pasadas de personas, de animales extinguidos, del bisabuelo del propio árbol, siente en cada poro, como circula su savia, como respira, como se alimenta del sustrato del suelo, como al igual que ella respira, mantiene una perfecta comunión entre el suelo y el aire, catalizador de vida, así definiría a un árbol.

Los sabores de un momento se hallan mucho más allá del paladar, bajan por el esófago, suben hasta el cerebro, alimentan el alma, reúnen los cuatro anteriores sentidos y los transportan en un bonito envoltorio, es el papel de regalo y cuando arriban a su destino, se desenvuelve liberando el valioso bocado.

Es difícil separar los sentidos, porque todos están sabiamente entretejidos, fabuloso regalo, diseñado a medida de nuestro mundo, para que en pequeño podamos entender lo poco que somos, que la inmensidad que nos rodea no nos abrume. Nos limitan para protegernos de la poca capacidad que tenemos; hormigas, que digo, hormigas, apenas minúsculas células ante la inmensidad del cosmos.

Con todos los sentidos, intentado dar sentido a una existencia, sin saber que la existencia por sí sola, ya tiene sentido; desde el nacimiento, igual que cuando marchemos, también tendrá sentido, pasaremos a desaparecer como entes humanos y zambullirnos en la enorme energía de nuevo, origen del que partimos.

2015/01/img_5792.jpg

Anuncios

TORMENTA DE VERANO

El Sol es invadido por una cuadrilla de nubes grises. Espesas, cargadas de ira, le acosan, actúan por sorpresa, tornan descargando ante nuestros ojos miles de gotas de rabia.

Cuánto dolor guardaban esas tristes nubes, cuánta carga a sus espaldas, lloran y se desgarran, descarnando su piel a tiras, imposible paliar su dolor, relámpagos y rayos las atacan.

Y cuando parece que el final estaba cerca, que la muerte necia acabaría con ellas, el Sol se abre paso, las disgrega, las calma, las unge con su calor y se dispersan blancas, livianas, de algodón viajeras, para ver que el mundo también puede ser amable, cuando se abandonan las mochilas pesadas.

Ella y el mar

Nunca sabía muy bien por qué lo hacía, pero a la tarde, cuando se acababa ya el día y el Sol se conjugaba con el horizonte para fundirse, cansada de la dura jornada de oficina, con la cabeza anestesiada de tanta burocracia inútil, se dejaba caer por la rampa de arena que conducía a aquella solitaria cala.

Sus pasos eran ágiles, casi desesperados y llenos de angustia, no podía remediar ir quitándose a cada paso alguna prenda, sin parar de caminar, trotando podría decirse, una zapatilla, una media, desabrochaba su camisa, y poco a poco en su regazo amontonaba cada pieza.

A cada paso, cada vez más acelerado, iba descubriendo su desnudez y su piel, acercándose a la orilla; la ropa quedaba atrás en un montón olvidado, mientras que sus pies se detenían un segundo para sentir el primer beso de una ola.

Una sonrisa que brotaba directamente de su más temprana infancia le hacía emprender una alocada e incesante carrera, una carrera sin meta hacia delante, rodillas, caderas, y a la altura de su vientre, cuando ya no aguantaba más las ganas, una fuerte zambullida donde su cabeza se sumergía de nuevo en su gran amiga, el agua.

LA SIESTA

El día nublado y desapacible invitaba a cerrar las cortinas.

En la penumbra de la habitación, con el ruido amortiguado de la vida en las calles, desnudó sus pies y, postrándose sobre su mullido lecho, sintió el desplome de sus huesos.

Un pequeño suspiro se escapó de su boca y la comisura de sus labios dibujó una suave sonrisa, cerró sus ojos y, llenando profundamente de aire los pulmones, se dejó llevar por el dulce recuerdo de otros tiempos…

FELIZ SIESTA!!!

EL NIÑO SIN SONRISA

Por fin me encontraba delante de aquel niño, un niño sin sonrisa, su mirada clavada en la mía y, a pesar de protegerme con el objetivo de mi cámara, sus pupilas dilatadas me atravesaban el alma.

Mi frente tenía un sudor gélido aparcado entre las cejas, me temblaba ligeramente el pulso y temía que al final la fotografía no tuviera la suficiente calidad después de todos los obstáculos que tuve que soportar para llegar allí, para encontrarle y recoger ese preciso instante.

Me sobrecogían sus pequeños pies embutidos en aquellas duras botas, acordonadas a medio atar, con las lengüetas jadeantes como si estuvieran cansadas del polvoriento camino.

Polvoriento como el andrajoso pantalón que tan sólo le cubría a medias las delgadísimas piernas zainas de ébano brillante; camiseta marrón empapada de sudor que dejaba al descubierto un pequeño amuleto con cuerda de esparto anudado al cuello.

Su enmarañado pelo, cortado a navaja seguramente por alguno de sus compañeros, se presentaba lleno de trasquilones, otorgándole un desconcertante aspecto tierno y cruel al tiempo.

Los frágiles y escuálidos brazos permanecían, sin embargo, firmes, tensos, vigilando cualquier falso movimiento que delatara peligro.

Pero regresé a su mirada, la que me conmovía intensamente, tan llena de rencor, tan determinante, despojada de toda inocencia, con la enorme belleza y brillo de un niño de tan escasa edad.

Los dos nos observábamos, parándose el tiempo a nuestro alrededor, el calor era sofocante, nos apuntábamos mutuamente, yo con mi cámara, él con aquel gran fusil, demasiado enorme y pesado para sus pequeños brazos.

Por un instante dudé, sin bajar mi objetivo, él no vacilaba, la suerte estaba echada, debía apretar el botón y asumir el riesgo de que disparase.

Cada uno asumíamos nuestro rol, pensaba en aquel angustioso momento que podría declinar hacer click, bajar la cámara y ceder, quizá él hiciera lo mismo, pero a la vez mi ambición por conseguir la foto con esa terrible expresión me empujaba incensante.

¿Tendría él la misma reflexión? ¿O a fin de cuentas la mente de un niño no hacía esa clase elucubraciones?

La boca me sabía a sangre, me había mordido el labio inferior, produciendo un desagradable ardor en el estómago, me sentía palidecer y en mis sienes el palpitar del acelerado corazón, las piernas a duras penas se mantenían firmes.

Pero cada uno es lo que es, tenía que seguir adelante. Contuve la respiración y me concentré en obtener un buen enfoque. Tres, contaría hasta tres;

Uno, dos, tres…

YO SI PUEDO

“A mi querida Rosi, una gran persona en un cuerpo chiquito, el síndrome de dawn es una simple anécdota”.

Cada noche, al regresar a su cuarto, repetía puntualmente la misma rutina, después de despojarse de su atuendo y sentarse desnuda frente al espejo, comenzaba lentamente a peinar su pelo. Era algo que aprendió en una vieja película de princesas, donde cepillar cien veces proporcionaba un envidiable pelo de seda.
-!Ya ves!, Te lo digo a ti , si, a ti que me estas escuchando, no pongas esa cara como si contigo no fuera la cosa, Soltaba de súbito al verse reflejada al otro lado del espejo.
– Estoy harta, muy harta de que me mires de esa manera, tu no sabes nada, no te enteras de nada, no me conoces; lo decía muy afectaba, la imagen que le devolvía el espejo representaba su otro yo, el yo que todos veían, pero no el que realmente sentía.
– Para ti todo es muy fácil, te quedas ahí parada, esperando, esperando a que yo vuelva, a que yo lo haga todo, sino fuera por mi y me levantara cada mañana para ir al taller, ¿que?, ¿qué sería de nosotras?
El taller representaba para ella una agradable obligación, cada mañana venía el autobús a recogerla y allí encontraba a su otra familia, donde todos sonreían y donde viajaban ilusionados por el hecho de estar ocupados y sentirse útiles.
Trabajar con las manos le proporcionaba una infinita calma, todos los problemas se evaporaban, su mente se concentraba sólo en seguir, uno a uno cada paso, por ningún motivo querría errar, era perfeccionista y aunque la confección de aquellas pequeñas rosas de pétalos de piñas, no tenían demasiada complicación, ella se afanaba en hacerlas de la mejor manera posible. Cada vez que confeccionaba una, gritaba en voz alta, como hacían todos, el número de las que llevaba, !siete!, y así se formaba una extraña sinfonía de números cantados que recordaba a los niños de San Idelfonso en Navidad, pero todos a la vez y sin orden ni concierto.
-Hoy he estado con él ¿sabes?, !que mono!, en cuanto me ha visto me ha dado un gran beso, y me ha hecho girar en el aire con un gran abrazo, me encanta cuando hace eso.
Roberto, era su gran amor, ella lo consideraba su novio, era el monitor del centro que se encargaba de su grupo, era joven y alto, y para ella el más atento del mundo, estaba convencida que después de siete años, desde que en un campamento le regaló aquella pulsera trenzada a mano y había pasado a considerarle su pareja, pronto se casarían.
– Tengo que decirle a mamá que empiece a preparar la boda, que ya vamos teniendo una edad…!que no se atreva a poner pegas, en esto no!
– Hoy estoy cansadísima, En gimnasia la profe nos ha echo trabajar de lo lindo, encima como todo lo dice con una sonrisa parece que no hacemos nada, luego nos pone esa música que me encanta, me pongo a bailar como una loca!, ella me anima, me dice cosas, me da risa, y le grito ¡Mercedes!, jajajaja, salgo sudando.
Llevaba años acudiendo a aquella clase de acondicionamiento físico, conocía al grupo que la mimaban y la demostraban siempre cariño, representaba la forma de relacionarse como una más, con gente diversa de toda edad y condición, se sentía feliz de acudir con su padre que la llevaba y la esperaba incansablemente, cada tarde de los martes y jueves.
Se quedaba unos minutos muy seria mirándose al espejo y espetaba de pronto, ¡anda que ibas a poder hacer tu la gimnasia! pero yo si, yo si puedo,…
– y el baile, ja!, anda que no hay que pensar en el cada paso, es muy difícil, y cuando salimos al escenario me pongo muy nerviosa, pero salgo, respiro y lo hago, el Domingo nos regalaron flores, que bonitas! Era lo que más le gustaba, la música y el baile, acudía a la academia de baile español, enfundada en su traje de faralaes y sus zapatos de tacón. – Mamá estaba orgullosa de mi, no me lo dijo, pero yo lo sé, aunque siempre nos estemos gritando y discutiendo, la quiero un montón, a papá se le caía la baba, que te crees?, JAJAJAJJAJAAJA!, se le caía la baba.
Seguía cepillando su pelo, ensimismada en sus pensamientos.
al acabar con la tarea, ya no decía nada más, mantenía su mirada del otro lado del espejo unos segundos más, con sumo cuidado colocaba lentamente el cepillo en su sitio, se introducía en su suave pijama, se esforzaba en dejar las zapatillas perfectamente colocadas, apagaba la luz, se acostaba en su lecho.
Un último pensamiento resonaba en su cabeza – yo si puedo, yo si puedo.

Dedicado a mi pequeña Rosi en agradecimiento por todo lo que me ha enseñado y por la alegría que me ha regalado

LA ALMOHADA REPLETA

Porque el mundo no entiende de justicia, aquel día amaneció radiante, azul intenso, sin una nube, con la temperatura oportuna, el día más bello de aquella primavera.

Desde qué conoció a primera hora la triste noticia, su corazón no cesaba de latir descompasado, Anna, ¿por qué Anna?

Se había vestido precipitadamente, sin fijarse realmente lo que se ponía, casi sin peinarse, con legañas en los trasnochados ojos, cogió un taxi a la carrera hacia el aeropuerto de Barajas.

Cogió el primer vuelo hacia Barcelona, no consiguió ni un sólo instante zafarse del dolor que la invadía.

Casi sin resuello, subía por la amplia escalera del señorial edificio en la céntrica Plaza de España, luchando por recortar la distancia a cada paso, a la vez que temerosa al traspasar la vetusta puerta.

Encontró a varios agentes escrutando cada rincón, le molestaba su presencia, le asqueaba que tocarán sus ropas, sus libros, sus discos, sus fotografías, qué facilidad para pisotear la intimidad de una persona con las más absoluta impunidad.

Pero se centró en avanzar por el estrecho pasillo, intentando evadirse de los jocosos comentarios de las hienas. Al fondo, la iluminada habitación tan conocida le abrió las carnes al verla.

Tan dulce, calmada, serena, la delicada carcasa no parecía vacía, no podía estar inerte con esa inverosímil sonrisa.

Su cuerpo mil veces recorrido, acariciado y besado yacía abandonado como la desamparada motocicleta a una farola encadenada.

Lo que menos le apetecía era ser agasajada por el comisario de la invesgación, pero quizá si colaboraba con él se marcharían todos y la dejarían a solas con ella.

Se centró en contestar escuetamente todas sus preguntas, ¿para qué extenderse? Nunca comprenderían el amor que había entre ellas.

Cuando por fin cerraron de un gran golpe aquella puerta, todos sus esfuerzos por mantenerse fuerte y entera se esfumaron. Se desplomó y se quebraron sus piernas. De rodillas a los pies de la cama, se abrazaba impotente el vientre mientras ocultaba con las sábanas su rostro.

El llanto tranquilizó su mente, incorporándose lentamente, se sentó junto a su amada, la miró tiernamente cada centímetro, queriendo encerrar hasta el mínimo detalle en su memoria.

Al observarla contempló que la escena había sido perfectamente estudiada, su pelo recién cepillado, una horquilla estratégicamente anclada, otorgando a su cara esa expresión tan delicada, envuelta en su camisón de seda negro con mariposas estampadas. Las cortinas descorridas para que el sol penetrara, en la cadena de música el bandoneón de Astor Piazzola sonaba, desentonaba en la mesilla el frasco de barbitúricos caído sobre su agenda.

Intuitivamente la cogió para leerla, quería comprender por qué Anna, siempre tan vital, tan llena de energía, había llegado a la decisión tan dramática de quitarse la vida.

Cuál fue su sorpresa al encontrar marcada una página con una carta a su nombre. Al leerla, por fin comprendería.

Amada Olga:

Te imagino leyendo esta nota, confusa, triste y desesperada. Sé que nunca hubieras pensado que acabaría con mi esencia.

Tú me has conocido más allá que yo misma, has dado sentido a mi existencia, aunque nuestra historia quedó aparcada en un recodo del lejano tiempo, quiero que sepas que siempre te he llevado dentro, que en ti siempre me apoyaba, que en la distancia hemos tenido cientos de conversaciones, que me sé de memoria tu cuerpo, tu boca y tu mirada.

Somos reflejos multiplicados por mil en dos espejos enfrentados, y el amor, lo único que nos da sentido. Apenas somos polvo en un gigantesco universo de dimensiones insondables. Somos y seremos, lo que sintamos… lo demás, no podremos llevárnoslo cuando nos llamen a filas. Y en ese ejército de cuerpos, rostros, mezquindades… en medio de una multitud inabarcable, sólo el amor nos hace únicos, irrepetibles.

Recuerdo cuando de ti enamorada me fascinaba el siguiente ejercicio: si habíamos quedado en algún lugar bullicioso, -recuerdo tantas tardes calurosas en la puerta del sol-, me gustaba esperarte a unos metros del lugar de la cita. Necesitaba comprobar cómo, casi con los ojos cerrados, te intuía, te sentía, mi amor entre la multitud.

Cómo al aparecer entre mil caras, te hacía única, irrepetible… IMPRESCINDIBLE, no para mí, sino para la existencia del planeta. Y cómo tú me convertías en Anna, única igualmente, impar en el mundo, sólo completa gracias a ti.

Somos lo que sentimos y el tiempo que nos queda para vivirlo.

Y yo doy fe que hemos vivido, nunca nos paralizó el miedo para violar las reglas, saltamos juntas más de una vez el precipicio, desnudamos los cuerpos, las entrañas, las almas, nos supimos volando en otros mundos, sin dimensiones, ni espacios, ni formas, ni tiempo. Que nuestro vehículo fueron besos, caricias, miradas, calores y escalofríos, que nos precipitábamos a ciegas por profundos abismos, que mi alma quedó enlazada a la tuya y desde entonces te he bendecido. Que mi vida ha sido buena, me llevo la almohada repleta de dulces y gratos recuerdos, que parto feliz de este mundo, que ni esta maldita enfermedad que me acecha, y a pesar de partir en primer turno, podrá destruir en modo alguno, el amor que te profeso.

Te esperaré paciente en las estrellas, no me busques tú en el cielo, porque si me necesitas,
si alguna vez me echas de menos, nunca habré estado tan cerca.

Ahora me hallarás dentro.

Deshecha en un primer instante, Olga retoma su consciencia, asimila por fin sus palabras y postrándose frente a la ventana con los brazos abiertos, se baña con el haz de luz que el sol le regala.

AQUELLA SOMBRA AZUL

Caminaba por el bulevar y su lánguida figura se arrastraba entre trasnochadores con felicidad exaltada, solitarios corazones ávidos de encontrar señales con que paliar su frío, desesperanzados combatientes de nocivas sustancias y alcoholes con los que calmar los nudos de su mente, exuberantes bellezas con bajada de bandera para alquilar entre sus piernas.

Desgastados y rasgados zapatos abrazaban sus cansinos y doloridos pies. Roídos los pantalones. Un abrigo de ocasión, encontrado en el contenedor de turno, le arropaba la espalda.

Caminaba por el bulevar con intermitentes paradas. Los neones de los garitos iluminaban su cara, ahora roja, ahora verde, ahora rosa. Tan sólo le interesaban los grises contenedores de basura a sus puertas aparcados.

A cada uno contemplaba como una gran caja sorpresa. Quizás un poco de fruta, quizás una camisa, incluso una muñeca rota que le hiciera compañía.

Oyó dentro de una gran bolsa de plástico unos gemiditos apagados, -lo que me faltaba, no tengo ni para comer, como para alimentar gatitos-. Pensó que al menos los depositaría en una caja. Al verlos, algún compasivo corazón tendría a bien acogerlos. Aunque fuese sólo a uno ya merecería la pena.

Sacó con sumo cuidado aquella bolsa, y la desanudó lentamente. Cuál fue su sorpresa al encontrar, encogido sobre sí y con una dulce carita, un bebé que gemía con un exiguo hilo de voz. Lo envolvió en su abrigo y caminó tembloroso con la pequeña figura, dibujando a cada paso aquella sombra azul tan extraña.

LA ESCAPADA

El esfuerzo de madrugar en aquella lluviosa mañana quedaba diluido por la emoción de emprender tan singular viaje.

Cualquier partida en sí encierra una sensación de expectación, de incertidumbre, que hacen que la sangre fluya con inusual velocidad por las venas, pero éste no era un viaje cualquiera.

No es fácil emprender una huida hacia delante; Para dar un salto al vacío se necesita un acopio de valor, un incesante vencer la sensación de vértigo, cuando el esófago te oprime y un hilo de aire llega a duras penas a tus pulmones.

Naturalmente, la respuesta de él había sido la esperada, un gran enfado. No entendía sus ansias de libertad, no comprendía que quisiera volar, ni por qué con su amor no lo tenía ya todo.

La sensación de culpa la había atenazado muchas veces, pero en esta ocasión, había sacado ese punto de fuerza para plantarse, para tomar por una vez el control, para decirse a sí misma, que no hacía nada malo, que se merecía una oportunidad, quería saborear la vida sin reservas.

La recompensa era grande, y aunque la expectativas no siempre se cumplen, ahora todo lo mira con ojos nuevos, limpios, empapándose del momento, y ya la carretera no es una simple carretera, y todo a su paso tiene un color, un olor especial, aquel árbol exuberante con sus hojas recién estrenadas no se pierde en el anonimato entre otros muchos, el cielo, pese a ser gris, le causa una cálida sensación, y si mira al horizonte su mente saborea el control de tu vida, sus pupilas dilatadas delatan la emoción contenida.

Se aferra con fuerza al volante, y calma así toda la intensidad del momento. Decide poner aquella música brasileña de bossa nova que le transporta a parajes en calma, y se centra, al fin, en el suave deslizar del auto por la carretera y, de ella por la vida, no quiere que la frenen los brazos invisibles de su marido, de la moral que la sociedad nos impone, y tan solo saborea el presente.

El paisaje fue cambiando desde las desoladas llanuras, hacia la vegetación más tupida y verdosa, pronto las altas cimas montañosas se presentarían frente a ella, levantando una ficticia fortaleza protectora donde se encontraría a salvo.

El GPS la guía con voz monótona y triste, pero le daba la seguridad de que llegaría a su destino sin ningún percance.

Paró en una gasolinera de carretera donde una tibia infusión entonó sus huesos, y donde tomó un último resuello, el hotel estaba ya apenas a quince minutos de allí.

La naturaleza se presentaba ante ella de forma espectacular, la primavera rompía con fuerza los últimos coletazos del invierno, el agua del deshielo corría con la brutalidad y energía de un imberbe muchacho, los árboles comenzaban a poblar las raquíticas ramas y flores de mil colores irrumpían como pinceladas sobre el fondo intenso verde de los campos, el espectáculo de la vida la envolvía y la llenaban de energía e ilusión.

Primero pasaría por la recepción del hotel, donde se inscribiría y dejaría el coche. Allí Maria, su amiga y cómplice, le cubriría las espaldas.

Al llegar, el amable recepcionista le indicó que pasara a la pequeña y luminosa terraza del fondo, donde ella estaba reunida preparando la salida por la montaña que tenían contratada con un guía del club de montaña.

Al entrar, se encontró con una sonrisa cómplice y una intencionada mirada. Despidió rápidamente al guía de montaña. Maria había sido su confidente en las largas noches de aquel último año y su colaboración en toda esta trama resultaba decisiva.

El fuerte abrazo que se dieron daba cuenta de todo lo que aquello significaba, tanto para una como para la otra. Se sabían en posesión de los secretos más íntimos compartidos, y querían darse toda la fuerza posible para no cejar en su empeño en ningún momento.

Casi no tenían que hablar para comprender lo que la otra sentía, pero María intentó darle toda la calma y energía posible para reconfortarla.

Estaba orgullosa de ella, sabía todos los obstáculos y barreras que había tenido que derribar para llegar hasta allí, a ese lugar y aquel instante. Esperarían una última llamada de él para que supiera que todo iba según lo previsto, incluso María le saludaría para no dejar ningún rastro de sospecha.

En los próximos dos días, la dificultosa cobertura de la montaña sería su aliada para no poder estar disponible.

El resto del grupo llegarían a lo largo de la mañana y María les informaría de la indisposición de última hora, que haría que Carmen llegara un día después.

La conversación fue corta pero llena de pequeños matices, con un lenguaje secreto casi encriptado que solo ellas entendían, tan llenos de cariño y emoción que las dos acabaron con lágrimas en los ojos.

Ella le dijo de pronto, -Tienes que cambiarte. Dúchate, y ponte esa camisa blanca con pequeñas flores estampadas, me encanta como te queda, venga date prisa, el taxista llegará en unos veinte minutos-.

La acompañó hasta el taxi y en un último abrazo le susurró al oído, -¡Se feliz mon amie!-. Entró en el vehículo que la llevaría a la cabaña del lago, en medio del bosque, a una media hora de allí, donde por fin se encontraría con Manuel.

El viaje en el taxi, sin verse condicionada a prestar atención a la conducción, le permitió disfrutar intensamente de aquel paraje que la embelesaba y la hacía sentirse abrazada, protegida como si cada rincón hubiera sido instalado allí para ella. Se sentía, por fin, la protagonista principal de aquella escena de su vida.

Según avanzaban por la estrecha y sinuosa calzada, recordó cómo había conocido a Manuel, cómo sus caminos se cruzaban cada lunes en el polideportivo cuando ella salía de su actividad y él entraba a jugar con sus amigos su partidillo de baloncesto.

Empezaron como un juego, manteniendo más tiempo cada vez las miradas, sonriéndose después y saludándose poco a poco, hasta que un buen día, sin saber bien aún por qué, él la paró y no se limito al cortés saludo, sino que se disculpó por la osadía y la invitó sin más a tomar una cerveza.

Si bien ella no supo bien reaccionar al principio, él la cameló con sonrisas y miradas, y tras un breve titubeo, se dirigieron a un bar cercano donde poco a poco se fueron conociendo.

Se convirtió en una pequeña costumbre que los dos anhelaban durante el resto de la semana. Y siempre repetían antes de que él se marchara a sus entrenamientos.

Acudía con sus amigos casi como una terapia. Era una forma de reencontrarse y disfrutar de la amistad de cada uno de ellos, así como de recordarle las sensaciones que el baloncesto le había aportado desde joven, donde cada ataque era una carrera para salvar los obstáculos que le salían al paso, con un un objetivo claro y directo, sin la incertidumbre en que su vida real se había convertido con los años.

Carmen había llegado casi de puntillas, le sedujo con luminosas miradas, con una sonrisa seductora, ancha y sincera, era inteligente y divertida, tierna. Contagiaba su alegría y su paz, era como el lago donde reposan con calma las aguas, su compañía le daba esa seguridad que necesitaba, le infundía confianza.

Ella encontraba en él a un buen conversador, le hacía reír constantemente, la escuchaba con interés y tenía una enigmática mirada que ocultaba tras de sí un remanso de tristeza.

Cada vez estaba más cerca de su destino y sus nervios se convirtieron en temor. Dudó entre proseguir hacia delante o mandar detener aquel auto. Respiró profundamente y se dijo -No, esta vez no-.

El último tramo descendía por una pronunciada pendiente con exuberante vegetación, frondosos helechos que aprovechaban la sombra y la humedad bajo altos abetos cuyas copas se perdían en un cielo azul intenso, nubes algodonadas se movían raudas por el fuerte viento.

El auto fue lentamente perdiendo velocidad hasta que con un fuerte crujir del freno de mano, el conductor lo hizo estacionar frente a una construcción de madera, rodeada por un pequeño porche con grandes ventanales y cortinas anudadas a un lado.

Sacó su monedero y pagó al taxista, recordándole que en la tarde del día siguiente debía recogerla allí mismo, aún así se resistió un minuto más a salir. Sus manos temblaban y miraba fijamente a la puerta, como esperando una última señal de que aquello era lo correcto.

La puerta de la cabaña se abrió lentamente y allí estaba Manuel con una gran sonrisa, mirándola fijamente pero sin atreverse tampoco a moverse. No quería presionarla, estaba allí pero entendería que se pudiera marchar, la decisión era solo suya.

Ver sus ojos serenó su ánimo, y toda la complicidad que habían sentido en los anteriores meses salió a relucir. -Debería salir del coche- se dijo. Lentamente, respiró con profundidad y su mano asió con fuerza la puerta del vehículo y la abrió.

El taxista había dejado junto a ella el equipaje y maniobró para subir la rampa de vuelta. Ni el ruido y ni la polvareda que levantó consiguieron mover a Carmen de aquel lugar, sus nervios la golpeaban en el pecho y se sentía vulnerable, incluso ridícula. Él avanzó lentamente hacia ella sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando estuvo a su altura, tan solo la rodeó con sus manos la cara y le dedicó tal ternura en una sola sonrisa que supo que estaba en el sitio y en momento correcto. Estaba preparada para asumir cada uno de los pasos que quería dar y quería hacerlo con este hombre, él estaba allí para ella.

Cogió su pequeña maleta y la rodeo por la cintura. El escalofrío que subió por su espalda la erizó la nuca y la espalda.

Al entrar por la puerta se encontró en una pequeña estancia muy acogedora, con su madera tallada, un chimenea encendida con gruesos troncos que hacían que el fuego ardiera intenso y chisposo. Frente a ella, un cálido sofá cama se encontraba abierto y cubierto por un grueso edredón y muchos cojines de formas diversas, a la izquierda un gran ventanal con vistas al lago hacía que la mirada se perdiera en el horizonte.

Él dejó su maleta en el suelo y se giró lentamente hacia ella, posó ambas manos en sus caderas y apoyando su espalda en una pared, la besó con ternura, deleitándose en cada roce de sus labios, recorriendo con su lengua la comisura de su boca, y jugando con su lengua dándole la bienvenida.

Ella se separó un instante, y mirándole fijamente le dijo que tenía miedo, que no sabía si estar allí era lo correcto, que estaba muy asustada. Verdaderamente su cuerpo temblaba, él la silenció posando suavemente un dedo en sus labios, y con una gran sonrisa le contestó que podían volverse si ella lo deseaba, que no quería forzarla a hacer nada de lo que no estuviera plenamente segura, que todavía estaban a tiempo.

Carmen, se hundió en aquellos ojos y vislumbró sinceridad, ternura y pasión, tomándole la cara le besó apasionadamente y ahora sí, asumiendo todas las consecuencias, quería sentir, quería acariciar la vida y él era el mejor guía posible, no lo podía dejar escapar.

Manuel, respondió al beso y sus manos desabrocharon lentamente su camisa, dejando asomar sus hombros y destapando el cuello a su boca que recorrió con ansia cada centímetro.

Sus manos acariciaron su tersa piel y comprobaron como producían su efecto al percibir que se erizaba; se sumergió en las bondades de su pecho, notando como sus pezones se endurecían. Los lamió, excitando su cuerpo que poco a poco despertaba. La elevó con fuerza y separando sus piernas, se encajó entre sus caderas mientras los cuerpos dialogaban en un incesante vaivén salvaje cargado de atracción y pasión.

Perdieron la noción del tiempo, los temores volaron, todo se concentraba en sentir cada caricia, cada beso, en recibir y en dar, con tal intensidad que se sorprendían de tal compenetración y complicidad, siendo como eran todavía, unos perfectos desconocidos.

La escena acabó fundiéndose en un intenso abrazo y, agotados de la entrega y emoción del momento, la trasladó en sus brazos hasta el sofá cama, arropados uno adjunto al otro, dormitaron con la plácida sensación que da el amor.

Cuando despertó, se encontró la intensa mirada de él, que la observaba con tal veneración que la hizo sobrecogerse y enrojecer una vez más sus mejillas. Con una sonrisa le miró a los ojos y le dijo tan solo -¡Hola!-, los dos estaban emocionados, estrenando la sensación, tan ansiada, de verse por fin juntos.

Decidieron vestirse y caminar, él era un gran conocedor de la zona y quería enseñarle un montón de rincones y parajes secretos, amaba la naturaleza, y sabía que ella sabría apreciarlos.

El lugar era realmente conmovedor, verde intenso, cascadas por doquier, las vistas de aquellas montañas sobrecogían el alma, la brisa era fresca, limpia. Olía a tierra, a barro, a madera humedecida por la lluvia reciente. Carmen cerraba los ojos e inspiraba profundamente para empaparse por completo de todas aquellas sensaciones. Él la observaba y le provocaban un impulso irrefrenable de besarla y de abrazarla. Se sentía tan afortunado por su presencia que incluso gritó hacia el eco de las montañas su nombre con fuerza -¡Carmeeeeeeeen!-, se sintió abrumada.

Bajando de la cima, el cielo de pronto estalló con un ruido ensordecedor, y en pocos minutos una lluvia torrencial sobrevino sobre ellos, corrían divertidos por la ladera y él recordó una antigua gruta que pasaba por allí cerca, les serviría de refugio hasta que la lluvia amainara.

Entraron en aquella ancha cueva y Carmen, amante de la geología y de las piedras, se sintió de pronto como en un mágico paraje donde se sentía como en casa. Recorrió con su mano las paredes y las grietas, observó los altos techos y reconoció algunas de las materias que componían tan armoniosa composición. Manuel la seguía escuchando fascinado sus explicaciones pseudo científicas con gran interés.

Aquel ambiente pedregoso, el ruido amortiguado de la lluvia torrencial y furiosa, y aquel mágico embrujo que les atraía, convertían el momento en una cadena de sensaciones que les erotizaba, se buscaban en cada roce, se abrazaban y se alejaban, jugando con la distancia, hasta que les pudieron las ganas y tumbados en el frío pedernal que vestía el suelo de la cueva se unieron a la fiesta de la naturaleza, a la fuerza de tierra, se conjugaron con el universo y se encontraron danzando con la música de la vida.

La calma que prosiguió aquellas consecutivas tormentas, produjo un efecto tan increíblemente cargado de paz, de armonía… Todo estaba en conjunción: los ruidos lejanos de pájaros saliendo de sus refugios, del viento entrando por las rendijas de las piedras graníticas cargadas con miles de años y de historia, hicieron abrir por completo el corazón de Carmen. Toda la lucha, toda la tensión, todas las heridas de su alma, fluyeron con tal facilidad que las lágrimas recorrieron ágiles sus mejillas, como si a su paso fueran, cual bálsamo, cerrando viejas heridas.

Él se sorprendió, y le susurró si todo estaba bien. Ella asintió y le agradó que él no preguntara más, que comprendiera que las razones que ella tenía pertenecían a su intimidad y, solo ella, decidía si quería o no guardarlas.

Ya estaba atardeciendo cuando llegaron a la cabaña. El sol pintaba con matices anaranjados las aguas tranquilas de aquel lago. Estaban empapados, Manuel decidió que, mientras ella se duchaba, prepararía la cena que había comprado aquella misma mañana en un restaurante del pueblo más cercano.

La ducha caliente reconfortó los huesos de Carmen. Estaba plena, feliz, se sentía flotar, se contemplaba desnuda frente al espejo, y se sentía femenina, más mujer que nunca, secó con tranquilidad su cuerpo y secó su frondosa melena, cuando de repente, fijó sus mirada en el reflejo de sus ojos en el espejo, por primera vez sintió flaquear, una punzada le atravesó el pecho, -¿Quién era hoy? ¿Qué había hecho?-. Él nunca lo iba a entender, se sentiría traicionado, se sintió egoísta y culpable. La presión en el pecho se cernía ahora con una fuerza diferente. No quiso pensarlo más, apartó rápidamente la mirada y se marchó casi corriendo, tiempo tendría de llevar aquella carga. Ahora no, ¡tenía que seguir viviendo!

Al salir del dormitorio, encontró en el porche frente al lago, una sencilla mesa con velas y sobre el mantel de papel, unos preciosos platos de plástico, Manuel apareció tras ella con unas esbeltas copas de cava de transparente PVC. Con una gran sonrisa, intentaba disculparse por la vajilla, pero ella lo acalló diciéndole que no podía ser más perfecto.

Mientras él se duchaba pudo contemplar la caída de la noche, en ese instante donde el cielo aparece lleno de luces y sombras, de claros y oscuros, de nubes bañadas con multitud de tonalidades y se vio reflejada más que nunca.

Cenaron la suculenta cena que con gran habilidad y mucha ternura había calentado en el microondas, y compartieron por primera vez una larga conversación sobre sus vidas hasta entonces, sobre el presente y por ese futuro que sabían que les separaría físicamente, pero intuían que se llevarían siempre al uno dentro del otro.

El día había sido agotador, y abrazados en el silencio de la noche, cayeron sin fuerzas entrelazados sus cuerpos.

Acababa de despuntar el alba y Manuel se revolvió entre las sábanas, notó un vacío y se vio solo en el lecho. Se levantó precipitadamente al no ver a Carmen y la buscó en cada estancia de la cabaña, asustado salió hacia el porche y al final de la pequeña rampa del pequeño embarcadero, la encontró acurrucada.

Preparó una infusión y, cogiendo una pequeña manta del salón, se acercó a ella lentamente, -no quería perturbar este instante, pero me gustaría compartir contigo este amanecer, este primer y último amanecer a tu lado, si me dejas-. Aquellas palabras escocieron en el interior de Carmen porque era verdad, dentro de pocas horas todo sería ya un sueño, volvería a su vida y ya sus encuentros en el bar no podrían ser lo mismo. De hecho, pensaba firmemente que no podrían ser, sería demasiado doloroso, después de haber compartido todo aquello.

Él posó en sus manos la taza de té, y abrazándola por la espalda se envolvieron en la manta. No hubo más palabras. Contemplaron silenciosos la majestuosidad del sol, cómo cada haz de luz irrumpía en el paisaje dando de nuevo color a cada árbol, a cada roca, a cada escondido recoveco de tan bello lugar, y sintieron en sus caras la calidez de esos primeros rayos.

Desayunaron con avidez y decidieron que la mañana todavía era suya, que no iban a dejar que ni un ápice de tristeza les embargara en esos momentos.

Cogieron un pequeño bote amarrado, en el embarcadero y remaron entre juegos y risas por aquel tranquilo lago, cuando quedaron exhaustos del esfuerzo y doloridas las manos de los remos, decidieron tumbarse en el fondo de la pequeña embarcación y dejarse mecer por el viento.

Hablaban y hablaban, entrelazando sus manos, desnudaron una vez más sus almas, e hicieron un pacto. En cuanto llegaran a la orilla no habría lágrimas, no habría súplicas, no habría oportunidad de seguir hilando, pero de la misma manera, debían sentirse afortunados de haberse dado con todo el cuerpo, con todos los sentidos, de no dejarse nada en el tintero, de vaciarse hacia el otro y de llenarse de vida, de guardar para siempre en el recuerdo cada minuto de este maravilloso encuentro.

Sería suyo, sería puro y la sensación de no haber vivido lo suficiente se borraría de sus vidas, porque volverían en su memoria una y otra vez a encontrarse, jamás se encontraron tan cerca uno del otro.

Al regresar a la orilla, oyeron descender el taxi por la pequeña colina, se miraron fijamente a los ojos y se sonrieron. Un último abrazo les transportó en un segundo a todo lo vivido en aquellas últimas horas.

Manuel se quedó en el embarcadero, Carmen no quiso mirar atrás. Pasó por el dormitorio y recogió rápidamente sus pertenencias, y cuando se disponía a salir, se quitó el pañuelo que llevaba al cuello, lo impregnó con su perfume y lo dejó sobre la chaqueta de Manuel, que colgaba en una silla.

Subió a aquel vehículo de nuevo saludando al conductor. Cerró tras de sí aquella puerta, la misma que dudó en abrir al llegar, y con una gran sonrisa se alejó de la cabaña, del lago y de Manuel…

LA FOTOGRAFÍA GRIS

Cada vez que se encontraba ordenando aquel cajón siempre sucedía lo mismo; entre montones de facturas, pequeños dibujos de infancia, viejos calendarios caducados y algún que otro reloj lisiado, se enfrentaba de nuevo a ella.

A pesar de los colores, aquella fotografía era gris. A pesar de las sonrientes caras, era una foto triste, a pesar de sus manos enlazadas, cuánta distancia insospechada amenazaba sobre ellas.

Las fotografías son engañosas, recogen un instante, un efímero reflejo, décimas de segundo de un mundo irreal mentiroso, una falacia donde todos queremos aparentar y sonreímos, a pesar de las circunstancias, queriendo pasar a la posteridad con la eterna felicidad dibujada.

Aquella fotografía retrataba la ilusión juvenil, el amor recién estrenado, la entrega total y la esperanza; tan sólo quien conoce realmente la historia pone a cada cuál en su sitio y sabe ver en las pupilas dolores y penas ocultos.

Los indios americanos creían que hacerse una fotografía les robaba el alma, nada más lejos de la realidad, las almas se camuflan entre las poses bien estudiadas, y tan sólo algún fotógrafo, que sabe mirar más allá de la piel, captura o más bien roba, la verdadera faz de las personas, cuando distraídas muestran sonrisas ocultas tras las comisuras, descubren las pocas almas que se sienten verdaderamente plenas.

Año tras año recoloca la estancia, el cajón le devuelve los abrazos, las miradas, los besos, las promesas perdidas, en una amplia gama de grises, atrapadas en una fotografía.